NICOLÁS MADURO, UN DILEMA MORAL

Tengo que reconocer que la “extracción” de Nicolás Maduro me produce un profundo dilema moral, por un lado, me repugna la violación de la soberanía de un Estado por una potencia extranjera, pero por otro, la caída de un dictador responsable de miseria, exilio masivo y represión me genera alivio y una sensación de justicia tardía.

Creo que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo y que el problema no está en mis sentimientos, sino en el marco internacional que nos obliga a elegir entre principios incompatibles.

Si por “derecho internacional” entendemos: la ONU, el Consejo de Seguridad y las instituciones creadas tras la II Guerra Mundial, entonces es innegable que nacen ya jerarquizadas porque los vencedores de 1945 financian el sistema, diseñan las reglas y se reservan el derecho de veto. Es decir, estamos, desde el diseño original ante “la Ley del más fuerte”, no es una anomalía posterior.

Considero que el derecho internacional nunca fue neutral, fue un mecanismo de contención del caos (que no está mal), pero no de justicia universal y por eso algunas invasiones se condenan, otras se toleran y otras simplemente no existen en el relato oficial. No vivimos una ruptura reciente del derecho internacional: vivimos su desnudez.

Aunque resulte incómodo, creo que es realista pensar que la ley del más fuerte está imperando desde el principio y que lo que cambió no fue la fuerza, sino la forma de ejercerla, antes era militar directa, luego jurídica y ahora híbrida: sanciones, finanzas, tecnología, control narrativo.

El derecho internacional funciona cuando coincide con los intereses de los fuertes. Cuando no, se ignora, se reinterpretan las normas o se bloquea su aplicación. Y esto no es cinismo: es geopolítica básica.

Dejando a un lado a India (que todavía no sé por dónde va), a Reino Unido (que ya no es lo que fue) y a la UE (que ni está ni se le espera), veo en el mundo tres grandes potencias:

  • Rusia, que continúa, desde sus orígenes, con el poder duro y su nostalgia imperial y que actúa desde una lógica abiertamente belicista usando la fuerza militar como instrumento principal evitando su irrelevancia.
  • China: Poder económico, pero no inocente, no es belicista en el sentido clásico, su expansión es comercial, financiera e infraestructural (África y Latinoamérica son ejemplos claros), que ejerce coacción económica y controla estratégicamente deuda, materias primas y cadenas de suministro. China no dispara… porque no lo necesita.
  • Estados Unidos, que combina poder militar, intereses comerciales y control del relato moral (democracia, derechos, libertad). Eso le permite justificar acciones que, en otros actores, serían condenadas sin matices. No es altruismo: es hegemonía con narrativa.

Solo hay que dar un repaso a hitos relativamente recientes:

  • Yugoslavia (1999). Intervención “humanitaria” sin aval legal. La OTAN bombardeó Serbia sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, alegando evitar una catástrofe humanitaria en Kosovo. Se salvaron víctimas, pero se debilitó la arquitectura legal internacional.
  • Irak (2003) – La mentira como justificación. EE. UU. y aliados invadieron Irak bajo el argumento de armas de destrucción masiva que nunca existieron. Aquí no hubo dilema moral: fue abuso de poder puro.
  • Libia (2011) – De proteger civiles a destruir un Estado. La ONU aprobó una zona de exclusión aérea para proteger civiles. La operación derivó en el derrocamiento de Gadafi. El derecho internacional no prevé el “día después”.
  • Ucrania (2022)– El derecho internacional como bandera selectiva. Rusia invade Ucrania violando todas las normas básicas de soberanía. El derecho internacional funciona mejor cuando el agresor es “el enemigo”.
  • Venezuela – El abandono silencioso. Durante años, represión, hambre, éxodo de millones y destrucción institucional, …sin intervención efectiva, más allá de sanciones que a menudo agravaron el sufrimiento civil. Aquí el derecho internacional no fue violado… pero tampoco sirvió para proteger a nadie.

El problema de fondo es que tenemos un derecho internacional sin responsabilidad con tres fallos estructurales:

1. Veto de las potencias. Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad pueden bloquear cualquier acción que les afecte directa o indirectamente y eso origina parálisis cuando más se necesita actuar.

2. Ausencia de mecanismos automáticos. Sencillamente no existe intervención obligatoria ante genocidios, responsabilidad real tras una intervención ni sanciones efectivas para los fuertes. El sistema depende de la “buena voluntad” del poderoso.

3. Justicia desigual. Los Tribunales internacionales juzgan a dictadores derrotados, líderes africanos o a actores débiles, pero no a grandes potencias ni a sus aliados. La ley se aplica hacia abajo, nunca hacia arriba.

El dilema de fondo: ¿justicia sin ley o ley sin justicia?, y ahí está el núcleo de mi reflexión. Cuando el derecho internacional no protege a los pueblos, no frena dictaduras y no evita éxodos masivos, entonces pierde legitimidad moral, aunque conserve legitimidad formal.

Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿es preferible respetar una ley que no protege, o romperla para hacer justicia? Y no encuentro una respuesta limpia, porque romperla abre la puerta al abuso y respetarla a ultranza perpetúa la impunidad. Veo un callejón sin salida en el orden internacional actual.

A pesar de todo, pienso que el derecho internacional es necesario, pero insuficiente. Y, lo verdaderamente preocupante no es que eso ocurra (siempre ha ocurrido), sino que no estemos construyendo nada mejor.

No vivimos el fin del derecho internacional, vivimos su crisis de legitimidad moral (como en tantos otros ámbitos). Mientras unos lo violan, otros lo usan selectivamente y muchos pueblos no reciben protección, seguiremos atrapados entre la ley sin justicia y la justicia sin ley.

Y creo que mi reflexión no es ideológica, es profundamente humana. Reconozco que el mundo real no encaja en marcos simples, y que a veces el alivio por la caída de un tirano convive con el miedo a un orden basado solo en la fuerza.

No me gusta nada lo que está pasando en el mundo.

José García Cortés

      6-1-26

Gobernar mejor es posible (II)

La responsabilidad, de lo íntimo a lo global

Mi querido maestro Pepe Corral me ha “retado” a escribir una segunda parte del artículo Gobernar mejor es posible, con ejemplos a tres o cuatro niveles. Viniendo de Pepe, no es solo una obligación, es un placer.

Si algo caracteriza a los países que funcionan razonablemente bien no es la ausencia de errores, sino la existencia de responsabilidades claras y consecuencias visibles. La buena gestión no nace solo en los parlamentos ni muere en los boletines oficiales: es una cadena que empieza en lo personal y termina en lo global. Cuando se rompe en algún punto, el sistema entero se resiente. Lo vemos por niveles de responsabilidad e intentando evitar cualquier visión ideológica, aunque descabalgarse de la herencia recibida resulte imposible a veces.

1. Responsabilidad familiar: el primer aprendizaje de la gestión

La responsabilidad se aprende antes de que exista el Estado. En la familia se interioriza (a veces no) la idea de que los actos tienen consecuencias, que los recursos son limitados y que el bienestar común exige renuncias individuales.

Un hogar donde no se planifica, donde nadie responde de los errores y donde todo se justifica termina normalizando la improvisación y la excusa. Cuando esa cultura se proyecta sobre la sociedad, aparece el ciudadano que exige derechos ilimitados, tolera la mala gestión ajena y elude cualquier responsabilidad propia.

Sin responsabilidad individual no puede haber exigencia colectiva. Y sin ciudadanos exigentes, la incompetencia institucional encuentra un terreno fértil para perpetuarse.

2. Responsabilidad empresarial: pública y privada, laica y religiosa

En la empresa privada, la mala gestión suele tener consecuencias más o menos rápidas: pérdidas, despidos, quiebras. Por eso, aunque no siempre, la eficiencia acaba imponiéndose. Nadie mantiene indefinidamente a un directivo incapaz solo por lealtad ideológica. Salvo que sea el hijo del dueño (aunque tampoco debería).

En la empresa pública, sin embargo, la relación entre mala gestión y consecuencias se diluye. Los errores se socializan, los costes se reparten y la responsabilidad se fragmenta. El resultado es una peligrosa asimetría: quien decide no paga, y quien paga no decide.

Algo similar ocurre en instituciones religiosas, fundaciones o entidades “sin ánimo de lucro” cuando la nobleza del fin sirve de coartada para la opacidad, la falta de evaluación o el inmovilismo. La buena intención no sustituye a la buena gestión, pero la enmascara.

Gestionar recursos ajenos (dinero público, donaciones, confianza social) exige estándares más altos, no más bajos.

3. Responsabilidad civil y militar: dos culturas, dos velocidades

La comparación entre el ámbito civil y el militar resulta ilustrativa. En las fuerzas armadas, la cadena de mando es clara, la evaluación es constante y la incompetencia no suele esconderse bajo discursos abstractos. La planificación, la logística y la ejecución son cuestiones de supervivencia, no de relato.

En buena parte de la administración civil ocurre lo contrario: responsabilidades difusas, evaluaciones formales y escasa cultura de resultados. No porque falte talento (que, en los casos de amiguismo, también), sino porque sobran incentivos perversos: obedecer es más rentable que mejorar, no equivocarse es más importante que acertar.

No se trata de “militarizar” la gestión civil (aunque tentaciones no faltan), sino de recuperar algo esencial: claridad en los objetivos, medición de resultados y responsabilidad personal.

4. Gobiernos locales y nacionales: donde la incompetencia se vuelve sistémica

En el ámbito local, la mala gestión se percibe con mayor claridad: retrasos en licencias, servicios deficientes, obras mal planificadas. El ciudadano lo vive en primera persona. Sin embargo, incluso ahí, rara vez se exigen responsabilidades políticas por incompetencia si no hay escándalo.

A nivel nacional, el problema se amplifica. Planes estratégicos sin evaluación, leyes que se sustituyen sin analizar las anteriores, organismos que se crean sin analizar ni justificar su necesidad ni resultados. El Estado se expande, y se expande, pero no necesariamente mejora, al contrario, generalmente complica la vida al ciudadano.

Gobernar se confunde con legislar, comunicar o mantenerse en el puesto, cuando gobernar debería significar resolver problemas concretos con recursos limitados y rendir cuentas por ello, sabiendo además (o debiendo saber) que su puesto es temporal y solo está justificado para “servir” al gobernado, no al revés. Nunca el cargo debería suponer poder, sino servidumbre.

5. El mundo: cuando la irresponsabilidad se globaliza

En el plano internacional, la incompetencia también existe, pero se disfraza todavía mejor. Presidentes populistas, Organismos multilaterales con estructuras pesadas, objetivos grandilocuentes y resultados modestos (cuando existen); cumbres que producen declaraciones, pero no soluciones; agendas globales que multiplican compromisos sin mecanismos reales de cumplimiento.

Cuando nadie responde de nada, la responsabilidad se evapora. Y cuando la responsabilidad se evapora, la desafección ciudadana crece y el gasto, también.

Conclusión: exigir no es destruir, es cuidar

Exigir buena gestión no es antipolítico ni antisistema, ni de un signo político ni de otro (al contrario, al primero que hay que exigir es al partido político al que votas). Es una forma de respeto hacia lo público (que es lo de todos). La verdadera amenaza para la democracia no es la crítica informada, sino la resignación.

Ni la familia, ni las empresas, ni lo público, ni España, ni el mundo, necesita más normas, más organismos ni más eslóganes. Necesita una cultura compartida donde la incompetencia también tenga coste, donde gestionar bien sea premiado y donde gobernar adquiera su verdadero significado: servir.

Gobernar mejor no solo es posible. Es una obligación moral con quienes sostienen el sistema y con quienes vendrán después.

José García Cortés

         5-1-26

Gobernar mejor es posible

Uno de los últimos libros que he leído es “Un pueblo traicionado”, de Paul Preston, que hace un recorrido, muy exhaustivo de España desde 1874 hasta nuestros días.

España se ha caracterizado, en muchas fases de su historia, por tener unos políticos caciques y corruptos y por una ineficiente administración. En la época que narra Preston, se juntaron ambas cosas con especial intensidad. Todo ello en una lectura histórica con una conclusión incómoda.

La corrupción e incompetencia son dos males distintos (y no siempre van juntos). La corrupción es el uso del poder público para beneficio privado y la incompetencia la incapacidad estructural para diseñar, ejecutar y evaluar políticas eficaces.

España, desde 1800 hasta bien entrado el siglo XX, ha sufrido ambas cosas a la vez, y en muchos momentos se han reforzado mutuamente, con administraciones patrimonializadas, cargos como recompensa política, ausencia de profesionalización y confusión entre Estado, partido y facción.

Es cierto que la época actual, afortunadamente es muy diferente. No tenemos los niveles de pobreza y de analfabetos que antaño, aunque tampoco hay que remontarse tanto tiempo. Aún recuerdo que uno de los trabajos que teníamos que hacer los licenciados cuando hice el campamento militar (la mili), era enseñar a leer y a escribir a mucha gente.

Desde la democracia, y especialmente desde la entrada en la UE, la corrupción política sistémica ha disminuido de forma clara (creo que la democracia corrige mejor la corrupción que la incompetencia), existen controles judiciales, mediáticos y sociales impensables antes y la percepción social de la corrupción es hoy mucho más exigente. Aunque también pienso que en los últimos gobiernos de Sánchez hemos tenido un retroceso importante y que nuestra sociedad está más narcotizada que antes.

Sin embargo, la incompetencia administrativa ha resistido mucho mejor, entre otras cosas porque la corrupción genera escándalo inmediato, mientras que la incompetencia genera coste difuso, lento y difícil de atribuir. Un hospital mal gestionado no provoca dimisiones; una mordida sí.

Hoy no toca hablar de la corrupción (aunque ganas y argumentos no faltan) y sí de la incompetencia en la gestión, todo ello desde la preocupación cívica de un ciudadano que observa cómo su país, con enormes capacidades y recursos, avanza con demasiada frecuencia por debajo de sus posibilidades.

El gran problema histórico español es que gobernar no ha sido gestionar. Hemos tenido tradicionalmente políticos legisladores, políticos oradores, políticos de control del poder, pero muy pocos políticos-gestores.

Gobernar se ha entendido como aprobar normas, repartir recursos, ocupar cargos o resistir políticamente, pero no como definir objetivos medibles, diseñar organizaciones eficaces, evaluar resultados y, en su caso, corregir errores.

Y esto constituye una cultura institucional heredada donde la administración se protege a sí misma, no castiga la incompetencia, recompensa la obediencia formal y desincentiva la innovación.

La UE ha mejorado reglas, pero no hábitos. La incorporación a la UE ha sido decisiva para introducir estándares, mejorar controles financieros, reducir arbitrariedad y profesionalizar parcialmente ámbitos técnicos (en ocasiones en exceso, porque de burocracia, Bruselas está bien servida).

Pero la UE no cambia la cultura administrativa profunda si el país no quiere, porque puede imponer reglas, pero no puede imponer mentalidad de gestión. De ahí el fenómeno tan español: Cumplimos formalmente, pero ejecutamos deficientemente. Planes, estrategias, leyes y fondos existen, pero rendición de cuentas y resultados evaluados, pocos.

Y el problema es la normalización socialque se ha ido produciendo a lo largo de tantos años (siglos).La sociedad española ya no se sorprende por la mala gestión, asumimos retrasos, ineficiencias y chapuzas como “lo normal” y distinguimos mal entre lo inevitable y lo evitable.

Frases como: “esto en España es así”, “la administración funciona lenta”, “no se puede pedir más”, son síntomas claros de baja exigencia colectiva, no de realismo. Y esto es peligrosísimo, porque la incompetencia no genera castigo electoral claro (y mucho menos para los malos funcionarios), no hay incentivos reales para mejorar y se cronifica la mediocridad.

Una diferencia clave con otros países europeos es que, en muchos países de nuestro entorno, la corrupción es un escándalo y la mala gestión también lo es.

En España la corrupción empieza a ser “mal vista” (pero sigue siendo aceptada), pero la incompetencia sigue siendo tolerada. Esto explica por qué se cambian leyes sin evaluar las anteriores, se crean organismos sin cerrar los inútiles o se anuncian planes que nadie mide.

Sería injusto no reconocer que España ha avanzado mucho en control de la corrupción política, pero apenas ha avanzado en construir una cultura de gestión pública exigente, evaluable y profesional y esto se ha convertido en algo cultural. Tenemos, o hemos ido generando, una clase política poco incentivada a gestionar bien, una administración nada orientada a resultados y una ciudadanía que ha aprendido a convivir con la ineficiencia.

Me gustaría pensar que esto no es irreversible (otros países lo han hecho),
pero necesita de un cambio en la exigencia social. España ha demostrado, en múltiples momentos de su historia reciente, que es capaz de grandes consensos y de avances notables cuando el interés general se impone al partidista. Sin embargo, también ha mostrado una tendencia preocupante a posponer las reformas necesarias, a gestionar los problemas con parches y a sustituir la planificación por la improvisación.

España es, objetivamente, un gran país. La democracia española, nacida tras una larga dictadura, supuso un logro histórico incuestionable y permitió avances sociales, económicos y políticos que durante décadas parecían inalcanzables. Sin embargo, junto a estos logros, se ha ido instalando en una parte creciente de la ciudadanía una sensación de decepción, cansancio y desconfianza hacia el funcionamiento real del sistema político.

No se trata de negar los avances alcanzados ni de afirmar que “no se hace nada”, lo cual sería falso e injusto. Se trata, más bien, de constatar que lacalidad de la acción política se ha ido degradando progresivamente, alejándose de los problemas reales del ciudadano medio.

Cada vez resulta más evidente que una parte significativa de la clase política ha ido sustituyendo el interés general por el interés partidista, y la planificación a medio y largo plazo por la gestión cortoplacista del titular, la encuesta o el impacto mediático inmediato. Se gobierna, con demasiada frecuencia, a golpe de telediario, priorizando la supervivencia política sobre la resolución estructural de los problemas.

Este fenómeno no es exclusivo de España, pero aquí se ve agravado por varios factores, una excesiva fragmentación en las CCAA sin coordinación central, una cultura institucional poco acostumbrada a la evaluación y la rendición de cuentas y una tendencia creciente a justificar un gigantismo burocrático que, lejos de mejorar los servicios, complica la vida del ciudadano y ahoga la iniciativa económica.

La proliferación de organismos, agencias, entes, observatorios, empresas públicas y estructuras administrativas superpuestas no siempre responde a una mejora del servicio público. En la mayoría de los casos, genera ineficiencia, lentitud, opacidad y frustración, tanto para quien quiere emprender como para quien simplemente desea ejercer sus derechos o cumplir con sus obligaciones.

El resultado es un Estado que, en ocasiones, parece más diseñado para gestionarse a sí mismo que para servir al ciudadano. Un Estado donde abrir un negocio, acceder a una prestación, resolver un conflicto judicial o recibir atención en tiempo razonable se convierte en una carrera de obstáculos administrativos. Y todo ello mientras se pide al ciudadano más esfuerzo, más dinero, más paciencia y más comprensión.

No se trata de cuestionar nuestro modelo democrático, sino de exigirle más. No se trata de desacreditar lo público, sino de defenderlo de su mala gestión. Y no se trata de atacar a personas o partidos concretos, sino de analizar estructuras, incentivos y decisiones que, con el paso del tiempo, han ido alejando al sistema político de la ciudadanía.

Ya sé que no hay soluciones mágicas ni recetas simples a problemas complejos y esto no se consigue desde las ideologías cerradas sino del consenso, porque España no necesita más eslóganes. Necesita decisiones difíciles, bien pensadas y orientadas al largo plazo.

Si hubiera voluntad política, consenso institucional y una gestión profesional de los recursos públicos, España podría mejorar sustancialmente en ámbitos clave como la sanidad, la justicia, la educación, la atención a los mayores, la gestión del agua, el empleo, la sostenibilidad económica y la cohesión social.

Todos estos retos (y algunos más) podrían abordarse si el objetivo principal fuera el bienestar del ciudadano y la sostenibilidad del país, y no la ventaja partidista a corto plazo. Pensar y servir al Estado no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta al servicio de esta España que se encuentra entre el potencial desaprovechado y la urgencia de reformar.

José García Cortés

        4-1-26

LA HISTORIA COMO INTERPRETACIÓN

Resulta llamativo y preocupante que determinados sectores de la izquierda española sostengan que la educación de nuestros jóvenes deba basarse en enfoque estereotipados, con contenidos inciertos e incluso con verdades parciales.

Referente a la historia de España, no cesan en insultos, tratan de destrozarla y se avergüenzan; pretenden crear un pensamiento único, lejos de fomentar un razonamiento constructivo con juicios reflexivos y análisis funcional, orgullosos de su pasado. No interpretan la historia, la utilizan como interpretación.

Voy a detenerme solo en el desarrollo de la Ley de Memoria Democrática (L.M.D. 2022), antes, Ley de Memoria Histórica (2007), impulsada por el Ministerio de la Presidencia durante el Gobierno de J.L.R. Zapatero. Esta Ley, solo fue aprobada por partidos separatistas y de izquierdas; tuvo en contra a VOX, PP y Ciudadanos. El motivo fundamental, es que se basó en hechos inciertos y manipulados; no tuvo en cuenta los desastres de convivencia durante la II República, ni la insurrección del PSOE en el año 1934 como hechos fundamentales. Esta última situación, fue criticada con dureza por escritores, políticos y científicos de la época como: Pérez de Ayala, O. y Gasset, Unamuno, el Dr.  Marañón, incluso por algunos ideólogos del ¨golpe¨ como I. Prieto o J. Besteiro, entre muchos otros.

Hace unos días, la senadora del PP, M. Arenales Serrano se refería a esta situación durante su intervención, cuando interpelaba con el PSOE. Decía: ¨ Es miserable e inmoral escaparse de las consecuencias de los actos propios ¨. Podría ser aplicable a otras situaciones que lamentablemente observamos con cierta frecuencia en el partido gobernante y que nos avergüenzan como País. Esta reflexión, es una ¨perífrasis¨ atribuida a M. Gandhi. Bien podría ser una interpretación Kirkegaardiana (filósofo danés del siglo XIX): ¨ La vida solo puede entenderse hacia atrás, pero debe vivirse hacia delante ¨. Para corregir la convivencia y mejorar el futuro, es necesario conocer verdaderamente hechos pasados y ser consecuentes.

La historia no sería solo una cronología, sino una interpretación sincera, auténtica y honesta desde el presente. La L.M.D., no ha tenido en cuenta, de forma interesada, los hechos funestos ocurridos antes de 1936. Trataron de olvidarlos. Recordando las palabras de G. Orwell: ¨ Quien controla el pasado, controlará el futuro ¨. J. L. R Zapatero, ha condicionado esta Ley de forma interesada.

Este desconocimiento histórico, unido a múltiples manipulaciones políticas, nos han conducido a nuestra realidad actual: Un PSOE gobernante que no ha ganado las elecciones, apoyado por partidos separatistas extremos y comunistas que solo buscan su enriquecimiento y arrinconar a liberales y conservadores para perpetuarse en el poder, aunque no ganen en las urnas. Las consecuencias las observamos frecuentemente: en verano, España arde, en invierno se inunda, las infraestructuras y transportes, calamitosos, por no hablar del apagón general. La ocupación e inmigración, más descontrolada que nunca; y, la seguridad inexistente. Todo lo arreglan culpando al adversario político de la oposición, como si el gobernante no tuviera responsabilidad. Esta situación tan kafkiana, por lo absurdo y perverso, la observamos diariamente en el Congreso, demostrando una acrimoniosidad innecesaria con una falta de respeto continuo y desabrimiento entre los diputados. Los contenidos tratados, no interesan a los ciudadanos, son prescindibles y, sobre todo, no construyen.

Considero que una unión del centro derecha español, capitaneados por un partido liberal flexible, libres de populismos, que una e ilusione a los ciudadanos nuevamente, es urgente para España.  Un análisis correcto de nuestra historia unido a un pensamiento crítico y libre de los ciudadanos es incompatible con nuestra situación actual.

Manuel Lozano Molina

       31-12-25

EL CONFLICTO RUSO UCRANIANO

¿Quién tiene razón)

Desde el principio he seguido el conflicto entre rusia y Ucrania y siempre me ha obsesionado una pregunta: ¿quién tiene razón en este conflicto?

He estudiado durante meses abundante bibliografía de la historia de Ucrania y sus relaciones con rusia, y, mis conclusiones coinciden bastante con lo que sostiene la historiografía moderna (exceptuando, por supuesto, la visión oficial rusa).


Vamos a analizarlo muy sintéticamente, con el mayor rigor posible, para ver si mi lectura se sostiene históricamente:

1. ¿Ucrania ha tenido “vocación” de ser parte de Rusia? Históricamente, NO.
Ucrania, Bielorrusia y Rusia, aunque comparten un pasado común, resulta que Rusia NO es la heredera exclusiva de la Rus de Kiev, Ucrania también lo es. Es más: la Rus nació en territorio ucraniano, no ruso.

2. El único acercamiento voluntario a Moscovia: los cosacos (1654) y esto es clave.

Los cosacos ucranianos pidieron ayuda al zar para liberarse de Poloniadurante la guerra, pero lo hicieron con una condición clara: Querían una alianza militar,
NO una absorción total ni perder sus libertades.

3. Desde el siglo XVIII, el “yugo ruso” es constante. Tras las guerras con Polonia y Suecia, Rusia consigue absorber progresivamente el Hetmanato cosaco, Kiev, Poltava, y el resto del centro–este ucraniano, prohibiendo la lengua ucraniana, se cierran escuelas ucranianas, se elimina la autonomía cosaca, se rusifica la administración, se limita la Iglesia local y se reprime cualquier movimiento nacional.

4. Entre guerras mundiales: un pueblo que intenta independizarse varias veces.

Entre 1917 y 1921, durante el colapso del Imperio ruso y la guerra civil, Ucrania proclama hasta 4 veces su independencia. Rusia no acepta nunca ese proyecto. Pero también Polonia invade, Alemania ocupa, el Imperio austrohúngaro interviene y los bolcheviques conquistan después. El resultado NO implica falta de deseo de independencia, sino exceso de enemigos mucho más poderosos.

5. La URSS: Ucrania “república” en el papel, sometida en la realidad. En teoría, Ucrania era una república fundadora de la URSS, pero en la práctica tuvieron la hambruna provocada por Stalin en la que murieron millones de ucranianos, con purga de la élite ucraniana, deportaciones masivas, con una rusificación intensiva y la eliminación de símbolos nacionales. Esto refuerza la idea de que Ucrania no estaba unida a Rusia por voluntad, sino por fuerza.

6. Después de 1945: Ucrania sigue buscando espacio propio. Aunque formalmente era parte de la URSS, tiene asiento propio en la ONU (algo simbólicamente importante), mantiene una identidad cultural fuerte y hay movimientos clandestinos nacionalistas durante décadas.

7. 1991: El referéndum de independencia resuelve cualquier duda. El dato más importante es que más del 90% de los ucranianos votaron por la independencia.
Incluso en las regiones de mayoría rusa (Járkov, Donetsk, Luhansk) el apoyo superó el 70–80%. Crimea también votó mayoritariamente Sí. Esto significa que Ucrania NO quería seguir unida a Rusia cuando por fin tuvo la oportunidad de elegir libremente.

8. Desde 1991 a 2014: Ucrania busca Europa y Rusia intenta frenarla. Cuando Ucrania se acerca a Europa (2004, 2013), Rusia reacciona negativamente.

9. Después de 2014: ataque militar y ruptura total. La anexión de Crimea y la guerra del Donbás demuestran que Rusia no está dispuesta a aceptar una Ucrania independiente y proeuropea.

Por tanto, la conclusión histórica creo que tiene poca discusión:  Ucrania ha tenido una identidad propia, distinta de Rusia, desde hace siglos, casi nunca ha querido estar integrada en Rusia voluntariamente y la mayor parte de los lazos entre Ucrania y Rusia se impusieron por fuerza, no por afinidad.

Por consiguiente, si el consenso de historiadores, organismos internacionales, tribunales y analistas independientes, es que no existe ninguna base histórica, jurídica o defensivaque legitime la invasión rusa hay que concluir que Rusia está cometiendo crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad como así lo acredita la ONU, Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Corte Penal Todo eso está plenamente documentado y es indiscutible.

Lo cierto es que Ucrania no ha amenazado nunca militarmente a Rusia, ha intentado negociar durante años, ha sido empujada histórica y militarmentey su identidad ha sido negada repetidamente.

Tampoco el argumento ruso de que “Ucrania no puede entrar en la OTAN porque tendría frontera directa con Rusia” parece incoherente, porque Rusia ya comparte frontera con países de la OTAN desde hace décadas (Estonia, Letonia, noruega, Polonia y ahora Finlandia y Suecia.

Para Putin, si Ucrania prospera como democracia europea, es un peligro para el régimen ruso, es decir, si Ucrania demuestra que un país eslavo puede ser democrático y occidental, el dominio interno de Putin pierde legitimidad. Por eso Ucrania pobre, inestable o dependiente preferiría una antes que una Ucrania libre y europea.

Putin ha dicho explícitamente: “La independencia de Ucrania es aceptable solo si es neutral y amiga de Rusia.”. A mí me recuerda a estos abominables asesinos de violencia doméstica que matan a sus mujeres cuando se separan: “si no es para mí, no será para nadie”.

Solo encuentro algo entendible, para Rusia y es que Ucrania es estratégica para el acceso militar al Mar Negro, ya que Crimea es sede de la Flota del Mar Negro, es la salida hacia el Mediterráneo y clave para Siria, África, Oriente Medio. Y una Ucrania alineada con Occidente limitaría todo esto. Pero esa cuestión no se soluciona destruyendo Ucrania, máxime cuando siempre ha demostrado su buena voluntad para resolver los problemas que surgían.

La pieza que falta hoy es: voluntad política en Moscú de renunciar a dominar Ucrania. Mientras esa mentalidad no cambie, cualquier acuerdo será papel mojado.

Desgraciadamente, la economía rusa, basada en datos (FMI, Banco Mundial, OCDE, Observatorio de Complejidad Económica, y estimaciones de inteligencia occidentales) concluye que Putin puede mantener la guerra varios años más, aunque cada año le resulta más costosa y menos sostenibleya queRusia sigue teniendo altos ingresos por petróleo y gas… pero redirigidos India, China y Turquía con descuentos del 30–40%. Esto le está permitiendo a Rusia duplicar el presupuesto militar: 2021: 65.000 millones frente a 2024: 120.000–140.000 millones (estimado).

Lo cierto es que los ucranianos están demostrando (por supuesto con ayuda americana y europea), ser unos “campeones” y a está siendo un hueso duro de roer. Pero a estas alturas está claro que Rusia no puede controlar Ucrania y solo busca hacerla inviable, destruyendo infraestructura energética, industrial y civil, colapsando su economía, impidiendo la normalidad social, aumentando los costes de reconstrucción, agotando la moral de la población y frenando o impidiendo su integración en OTAN/UE.

Y el problema es que pintan bastos para Ucrania, porque el discurso de Trump objetivamente favorece a Rusia, porque Moscú quiere una Ucrania sin apoyo occidental. Trump ha mostrado simpatías personales hacia Putin y sus posiciones no solo generan sospechas, sino motivaciones ocultas.

Desgraciadamente ya parece claro que Trump forzará a Ucrania a aceptar un mal acuerdo, con los consecuentes beneficios para Rusia (que consolidaría territorio) y China (que vería a Occidente dividido), y los perjudicados serían Ucrania, Europa del Este y la estabilidad del orden internacional.

Porque lo cierto es que solo con la ayuda de la UE (siempre que nuestros huevones de Bruselas finalmente se decidieran), Ucrania, como mucho, podría seguir resistiendo, pero no podría recuperar territorio significativo ni mantener una defensa sostenible a largo plazo al menos en el nivel actual de intensidad de la guerra.

Me temo que se impone la ley del más fuerte.

José García Cortés

       19-12-2025

UN GOBIERNO FEMINISTA

Historia de un relato

Soy feminista porque soy socialista. Pedro Sánchez presume de ser el Gobierno más feminista de la historia de España y he repasado algunas de sus medidas estrella para ver qué hay detrás de este relato que tienen montado.

Ministerio de Igualdad y gobierno paritario. Desde que era una Secretaría de estado, este ministerio ha pasado de tener un presupuesto de 220 millones de euros a 580. En poner pasta hay que reconocer que sí hay un verdadero espíritu feminista.

Este Ministerio Hace grandes “esfuerzos” para que tanto en los organismos públicos como en las empresas de gran tamaño exista una gobernanza paritaria. En lo público, ya conocemos el resultado: Ione Belarra, Irene Montero, Yolanda Díaz, Isabel Celaa, María Reyes Maroto, Diana Morant, Mónica García,… y otras muchas que, para cubrir cuota, nadie sabe bien para que sirven o han servido.

En lo privado, es cierto que crece, pero no lo hace a golpe de decreto, ni leyes ni cuotas. Responde, afortunadamente, a un efecto reconocido por expertos, que es la recuperación de nuestro retraso histórico en la formación femenina, lo que se denomina “entrar en la tubería profesional”, es decir, el tiempo necesario entre terminar la universidad (22–25 años) y llegar a un consejo de administración suelen pasar 20–30 años. No es una cuestión de cuotas ni de ideologías de izquierdas ni de derechas.

Igualdad salarial, brecha y empleo. Se habla mucho sobre la brecha salarial, y casi siempre, sin fundamento y con una intención partidista. El problema es que el debate público suele mezclar conceptos distintos bajo una misma etiqueta (“brecha salarial”) y eso genera mucha confusión.

Si se excluye el trabajo autónomo, el 54% del empleo por cuenta ajena se concentra en el sector público y en grandes empresas privadas, ámbitos donde los salarios están fuertemente regulados y la brecha salarial directa por puesto no existe.

Nos quedan las pymes, y aquí resulta que, según los estudios del INE y Ministerio de Trabajo, la brecha salarial “en bruto” es del entorno al 13%, pero, si uno quiere ser honesto, este dato hay que depurarlo para llegar a la “brecha ajustada”, y para ello hay que comparar, elmismo sector, misma ocupación, misma jornada, misma antigüedad, y el mismo tamaño de empresa,

Y cuando hacemos esto, los estudios coinciden en que la brecha se reduce drásticamente hasta el entorno del 3% y fundamentalmente en jornada parcial (mucho más frecuente en mujeres) y en sectores feminizados como la limpieza o ayuda a domicilio.

Esto no niega que no pueda haber problemas en algunos casos, pero coloca el problema donde realmente está, es decir, realmente no hay discriminación salarial directa por razón de sexo.

Subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), con el que la Sra. Yolanda Díaz señala que beneficia especialmente a mujeres, jóvenes y personas con salarios más bajos, donde ellas están sobrerrepresentadas.

No voy a ser yo el que discuta la necesidad de subir el sueldo a los trabajadores, pero lo cierto es que, desde hace 8 años, el salario medio de los españoles, descontando la inflación ha subido unos 70 euros al mes por año. Casi todo el incremento de la inflación se la ha comido el gobierno, en buena parte a través del IVA en el consumo. Y, además no hemos crecido nada en productividad, y, como sabemos, los salarios no pueden sostenerse a largo plazo por encima de la productividad.

Esto supone que producir la misma cantidad cuesta más dinero que antes, lo que encarece a las empresas y afecta a la competitividad. Es decir, como en tantas otras cosas, pan para hoy y hambre para mañana.

Violencia de género y “solo sí es sí”.  Las cifras hablan por sí solas:

Víctimas mortales de violencia de género: en torno a 50/58 cada año. Las cifras mortales no muestran una mejora clara y sostenida, pese al incremento presupuestario ni a la creación del Ministerio de Igualdad. Sin hablar de las más de 1.200 reducciones de condena y más de 100 excarcelaciones (2023)

Empleadas de hogar: el Real Decreto-ley 16/2022 equipara derechos laborales y de Seguridad Social de las trabajadoras domésticas, incluyendo protección por desempleo, y responde a una sentencia del TJUE.  Nada que objetar, esto sí ha sido una medida efectiva que ha permitido aflorar parte del empleo sumergido y el número de contratos ha crecido entre un 10 y un 20%. Me parece que en una han acertado.

Defendiendo, como lo hago, el concepto de fondo, creo que el problema con el feminismo es que se utiliza el feminismo como “bandera política”. Lo han convertido en un eje identitario y comunicativo, sobrerrepresentando el discurso respecto a otras políticas sociales y con una clara improvisación, ya que muchas medidas se anuncian antes de estar bien diseñadas o implementadas, lo que debilita su impacto real.

“Si las normas no mejoran la realidad, se quedan en buena voluntad.” con tendencia a atribuir cualquier mejora a la acción gubernamental, aunque sea parte de una tendencia previa. La acción pública es útil si corrige discriminaciones claras (ej. derechos laborales de empleadas de hogar), elimina barreras legales y garantiza mínimos (permisos iguales, protección jurídica), en caso contrario, son discursos vacíos y pérdida de tiempo y dinero.

Y ha llegado un momento en el que yo me pregunto ¿qué es el feminismo?, porque antes parecía estar claro: El feminismo es un movimiento social, político y cultural que busca la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres. Nada más (y nada menos). No habla de superioridad, ni de enfrentamiento, ni de ideología cerrada.

Históricamente, el feminismo nace para corregir desigualdades reales y legales, como, por ejemplo: no poder votar, no poder estudiar, no poder trabajar sin permiso del marido, no poder administrar su propio dinero, no tener protección legal frente a abusos. En ese contexto, el feminismo fue necesario, justo y eficaz. Pero ahora, veo dos problemas:

  1. Han aparecido feminismos muy diversos (liberal, radical, interseccional, institucional, socialista, cultural, posmoderno…), Interpretaciones ideológicas que suponen una gran confusión entre igualdad y confrontación. Ya no hay un solo feminismo, sino muchos discursos bajo la misma etiqueta.

Y por eso hay tanta polarización, porque todas estas corrientes usan la palabra feminismo, que a veces se contradicen entre sí.  Cuando alguien dice “soy feminista”, puede estar diciendo cosas muy distintas.

  • Institucionalmente, hay un fuerte componente de propaganda: lenguaje simbólico, gestos, leyes con alto valor declarativo y bajo seguimiento posterior, se basa en eslóganes, ignora incentivos económicos y sociales, sustituye el análisis por el señalamiento ideológico.

El feminismo se ha convertido en un marco ideológico más que en una herramienta práctica, a veces se mide más por presupuesto, por el lenguaje y por el simbolismo que por resultados reales. Se habla mucho, se legisla mucho, pero los cambios profundos son discutibles o lentos. Y esa percepción no implica ser “antifeminista”, sino crítico.

En el fondo, yo estoy convencido de que sí hay avances reales, pero los más importantes son pocos y muy concretos(permisos, empleadas del hogar) y gran parte de la mejoraresponde amaduración social, educativa y económica.

No voy a discutir que las políticas públicas pueden acelerar cambios reales cuando están bien diseñadas, pero cuando no lo están, se quedan en bandera ideológica o, incluso, generan efectos no deseados (como la Ley del sí es sí). Muchas conquistas legales crean el marco, pero la igualdad real se consolida cuando la sociedad madura. Educación, acceso a estudios, mercado laboral, tiempo… importan tanto o más que las leyes

Señores socialistas/feministas, el feminismo utilizado como “bandera política” no ayuda a la defensa de la igualdad jurídica y de oportunidades entre mujeres y hombres, solo a sus propios intereses.

José García Cortés

      18-12-25

ESTAMOS VIVIENDO ÉPOCA HISTÓRICA

Riesgo de guerra mundial.

Vivimos una época con grandes cambios.  Muy rápidos y algunos de gran trascendencia.

Los gobernantes necesitan, como es lógico, tomar numerosas decisiones y no puede sorprendernos que algunas sean difíciles de entender. Como ejemplo, el acuerdo entre dos países poderosos sobre una guerra que está destrozando y sangrando un territorio europeo. 

La estabilidad y seguridad europeas están comprometidas. Las causas son varias, pero destaca la idea que tiene el Gobierno Ruso acerca de la integridad de su Nación, debido a la “occidentalización” de Ucrania, entendiendo que esa tendencia perjudica su futuro.

Es esta una suposición sorprendente, considerando la situación actual del equilibrio militar en el mundo. Por decirlo de otro modo, la crisis de los misiles de cuba de los años 60 tiene hoy una interpretación muy distinta. Los tiempos de respuesta frente a un ataque no garantizan ya la seguridad propia, sino que solo permiten garantizar la destrucción del atacante, que ocurrirá en el momento de ocurrir el daño debido al propio ataque. Dicho de otra manera, solo se logrará el daño o destrucción mutuos.

La evidencia sobre el estado del arte en la investigación militar es desconocida para muchos de nosotros. Lo poco que sabemos nos permite suponer que existen medios pada provocar un daño enorme a toda la humanidad si se rompen hostilidades.

Cambio climático.

Existen evidencias científicas abrumadoras de que se ha instaurado un proceso climático en nuestro planeta que transformará grandes extensiones habitables. Los datos disponibles confirman que ese proceso consiste en un cambio ya en curso, cuyo origen se desconoce. Aun así, también se conoce la contribución humana es muy importante a ese cambio, en el sentido de acelerarlo. Quienes nieguen esto están cerrando los ojos ante la evidencia. Otra cosa es afirmar que no tenemos los recursos para evitarlo.

El orden natural tiene su equilibrio. Todo el universo se rige por reglas que garantizan un equilibrio.

La especie humana es fruto de la naturaleza. Nuestro planeta tiene multitud de especies y tipos de materias vivas e inertes. La especie humana evoluciona a partir del orden natural y es uno de los elementos que ha destacado en su supervivencia en los últimos 20.000 años. Su protagonismo es de una relevancia exponencial en los últimos siglos. Sabemos que la actividad humana ha contribuido a romper el equilibrio natural de nuestro planeta, introduciendo factores perjudiciales para la supervivencia de especies, incluyendo la propia especie humana.

En este sentido, económicamente puede no ser rentable, ahora, detener esa contribución humana al desequilibrio. Miremos a nuestros hijos y nietos y pensemos eso: no es rentable tomar decisiones en favor del equilibrio de nuestro planeta.

Este asunto del cambio en el clima ¿Es una cuestión de evidencia o de opinión?

Convicciones y evidencia.

Galileo defendió la idea de que la Tierra no era el centro del universo, apoyando la teoría heliocéntrica propuesta por Copérnico. Esta teoría contradecía el modelo geocéntrico aceptado por la Iglesia y su dogma de que la Tierra ocupaba el centro de la creación. La Inquisición lo condenó en 1633 por «sospecha vehemente de herejía», lo que resultó en una abjuración forzada y arresto domiciliario de por vida. El 31 de octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II rehabilitó formalmente a Galileo, reconociendo el error de la Iglesia en 1633.  

La Iglesia Católica dispone de una biblioteca de enorme relevancia con numerosas publicaciones de diversa índole.

Leo en Wikipedia:  El papa Nicolás V fundó la biblioteca en 1448 reuniendo unos 350 códices griegos, latinos y hebreos heredados de sus antecesores con sus propias adquisiciones, entre las que estaban varios manuscritos de la biblioteca imperial de Constantinopla.

En el Vaticano y en sus colectivos científicos existe un interés enorme por la ciencia desde hace siglos. La Iglesia Católica fue garante de la transmisión del conocimiento en la edad oscura de nuestro continente europeo.

Cuando La Iglesia Católica juzgo a Galileo, sabía perfectamente que Galileo tenía razón. Pero sus directrices y convicciones no permitían reconocerlo. Condeno a Galileo a lo que hoy se llama prisión domiciliaria. De por vida.

El factor humano en las decisiones judiciales.

Uno de los colectivos profesionales más preparados y competentes de nuestra administración es el colectivo de profesionales de la judicatura. Ellos tienen una alta cualificación y trabajan, según han reiterado, en condiciones mejorables, necesitando incremento notable de recursos y medios tecnológicos. La solución es difícil y tendrá que lograrse.

Según percibimos los ciudadanos, el colectivo de la judicatura tiene un alto porcentaje de profesionales con un gran descontento con este Gobierno y, en general, con decisiones que se han adoptado en el Poder Legislativo. Hay que reconocer que algunas de las normas aprobadas han sido desaciertos, pero en su mayoría han garantizado un progreso hacia la mejora de nuestra sociedad y de las libertades, garantizándose la estabilidad social. Es esta una garantía para el bienestar social, incluyendo el progreso económico.   

El origen del proceso que llevo a la Sala Segunda del Tribunal Supremo a juzgar y condenar al fiscal general ha sido la revelación de secretos sobre un proceso fiscal con resultado perjuicio grave de un ciudadano que tiene abierto un expediente con la Administración Tributaria.

Con la tecnología disponible hoy, estas mismas líneas serán filtradas por un sistema automático que las detecta si contienen términos, palabras o referencias a asuntos considerados clave por los servicios de inteligencia de los Estados.

las comunicaciones pueden ser grabadas y localizados los terminales correspondientes si su funcionamiento compromete la seguridad de los Estados.

Todos los correos electrónicos, incluyendo los de todos los medios de comunicación que emplean mercantilmente como empresas los datos de que disponen, son controlados o grabados si comprometen la seguridad de los Estados.

El Tribunal Supremo sabe que la información relativa a los correos electrónicos, llamadas y comunicaciones de periodistas y del propio fiscal general pueden ser revisados. Pero no en un Juicio Publico en la Sala Segunda. Sus convicciones han sido prioridad sobre la evidencia.

Uno de los motivos en que parece que se ha basado la sentencia (aún no se conocen sus argumentos y fundamentación) es el borrado del teléfono del fiscal general.

Caben mucho debate sobre esta cuestión. Solo decir que están disponibles para el público cuáles son sus funciones, que incluyen la persecución delitos, coordinación en actuaciones del Estado en el control de Actos Terroristas, colaboración con el CESID (existe un Convenio de colaboración entre el Ministerio de Defensa y la Fiscalía General del Estado para la colaboración entre el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional y la Fiscalía General del Estado), contrabando de armas, tráfico de drogas, tráfico de personas…

El Tribunal Supremo conoce perfectamente el motivo por el que no se pueden difundir el contenido de un teléfono que utiliza el fiscal general del Estado. La forma en que la Unidad Central Operativa de la guardia Civil recabo información en el despacho del fiscal general descartó seleccionar, sino que pretendió obtener información importante a juicio de la propia Unidad Operativa (el juez instructor no estuvo presente en el registro). Estas cuestiones son procedimentales y no de opinión.

El propio fiscal general sabe el origen primero de la filtración, pero no puede desvelarlo.

Los conocimientos de las figuras políticas de la Comunidad de Madrid que intervinieron sobre todas estas cuestiones son completos.  Pero optaron sobre las convicciones y no por la evidencia.

La información del teléfono del fiscal general del Estado no puede hacerse pública. Así lo establecen también las exigencias de seguridad de nuestro Estado. La Sala Segunda del Tribunal Supremo conocía esta información. Sus convicciones fueron prioridad ante los datos disponibles.

Cuando levantemos la mirada de estas líneas, no cuestionaremos las reglas de la física, no pondremos en duda las causas de la lluvia o del calor en verano, no dudaremos de que el corazón tiene sus ciclos y nuestra biología sus normas. Porque son evidencias. Es interesante saber dónde ponemos la frontera en la que nuestras convicciones e intereses nos originan dudas frente a la evidencia de otros asuntos.

Raúl Ramos de la Plaza

        25-11-25

TODOS SOMOS HIJOS DE FRANCO

Estoy hasta el gorro estos días, con el 50 aniversario de la muerte de Franco, que si ese dictador, que la persecución en la retirada de las estatuas ecuestres, de las calles, de los símbolos, de los aproximadamente 180.000 muertos en combate por el bando republicano y de los aproximadamente 60.000 civiles.

Por supuesto nada escucho de los 50.000 muertos en combate del bando nacional o de los 150.000 civiles (más del doble) en la zona controlada por los sublevados.

Franco fue un dictador, por supuesto, ¿tenemos que celebrar el 50 aniversario de su muerte?, pues no lo sé. ¿deberíamos celebrar que la izquierda no respetara en 1934 las elecciones ganadas por el CEDA? ¿y la muerte del dictador Primo de rivera? ¿o la dictablanda de Berenguer? ¿o la de Fernando VII? o quizás ¿la muerte de Napoleón, o la de los borbones, o la de los Austrias o quizás de los reyes católicos, o …

Porque todos somos hijos de ellos, y también de los árabes, y de los romanos, y de los visigodos, y de otros pueblos germánicos, y de los cartagineses, y de los fenicios y los griegos, y de los celtas y celtíberos, ….

La historia de un país no se puede reescribir y todos somos partícipes (mal que nos pese) de sus hechos y sus culturas. La nuestra, como la de todos los países, se ha forjado a sangre y fuego, pero somos lo que somos porque sucedió lo que sucedió, conquistas, saqueos, muertes, represión,…

Si no queremos tener una memoria tan histórica (que deberíamos, para no repetirla), por qué no nos centramos en la historia más reciente, de cómo conseguimos obtener una democracia plena después de la muerte de Franco, en un hecho histórico que fue la envidia del mundo, como fue la transición.

¿Por qué se empeña Pedro Sánchez (no quiero hablar de la izquierda, porque la cosa tiene nombre y apellidos) en dividir a la sociedad y enfrentar otra vez a “dos bandos”, reabriendo tensiones ya superadas.  La respuesta está clara: porque le interesa políticamente para atacar al otro.

¿No podríamos hacer lo que se ha hecho en muchos países democráticos (por ejemplo, Alemania, con todo lo que sucedió) que estudian y explican abiertamente las dictaduras anteriores sin que eso rompa la convivencia?

Franco fue un dictador, pues sí, y en su mandato podemos recordar cosas que se caracterizaron por:

  • Mandato sin controles
  • Censura y control de los medios de comunicación
  • Control de libertad de expresión
  • Control del poder judicial
  • Influencia sobre la educación y vida social
  • Control de los precios y de la producción
  • Culto al líder
  • Organización sindical controlada por el gobierno
  • Control de la vida privada
  • Aparato policial con espionaje interno

¡Coño!, ahora que me doy cuenta, todas estas cosas son la que hace Pedro Sánchez. ¡Oye, no será hijo de Franco!

Si un político usa el pasado para dividir, en lugar de gobernar, proponer soluciones o liderar, ese comportamiento suele encajar en varias categorías reconocidas en ciencia política, es un Populista, que busca dividir a la sociedad en “buenos” y “malos”, que utiliza la emoción por encima de los hechos, que agita temas sensibles para ganar apoyo y evita asumir responsabilidades actuales.

Cuando un dirigente evita afrontar problemas reales (economía, sanidad, vivienda…) recurriendo a polémicas históricas, debates identitarios, enfrentamientos culturales y acusaciones al adversario, solo tiene como objetivo desviar la atención de su falta de resultados.

Un político que compensa su falta de capacidad de gestión con discursos vacíos, enfrentamientos constantes, relato emocional, culpabilización del pasado o del adversario, lo que nos ofrece es mucho espectáculo y poca gestión real.

No hace falta remontarnos a la edad media para encontrar ejemplos como el de Pedro Sánchez (teniendo en cuenta el contexto histórico), Hitler es uno de los ejemplos más claros y extremos de la historia de un político que utilizó el pasado para dividir, polarizar y ocultar su incapacidad real para gobernar democráticamente.
De hecho, es uno de los casos más estudiados en politología, psicología social y sociología política.

Adolf, como Pedro, manipuló y exageró episodios del pasado alemán para culpar a otros de la derrota en la Primera Guerra Mundial (“puñalada por la espalda”), demonizar a judíos, comunistas, gitanos y otros grupos (Pedro lo hace con lo que llama la extrema derecha), presentar a Alemania como víctima histórica (Pedro lo hace con Franco), crear un relato de humillación que solo él podía reparar.

Adolf, como Pedro, utilizó el pasado reformulado como arma política, no como análisis histórico. “buenos alemanes” (los progresistas), “enemigos internos” → judíos, socialdemócratas, periodistas, intelectuales, homosexuales (la extrema derecha).

Cuando la economía alemana no despegaba, Adolf (como Pedro) desviaba la atención hacia conspiraciones, supuestos complots internos, agravios históricos, enemigos imaginarios. La culpa nunca recaía en su propio gobierno.

Adolf, (como Pedro), realizaba un exhaustivo control de medios para imponer un relato único, prensa estatal controlada, propaganda masiva, reescritura del pasado.

Goebbels (ministro de propaganda) desarrolló estrategias que todavía se estudian y se usan hoy, como “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.”

El resultado final es que este individuo, con el uso del pasado, provoca la división interna y una sociedad enfrentada.

Esperemos que, a diferencia de Adolf, Pedro no termine con el tesoro de democracia que tenemos, aunque camino lleva.

José García Cortés

    22-11-25

GOBERNADOS POR LAS EMOCIONES: LA RAZÓN, PERDIDA EN LAS DEMOCRACIAS DEL SIGLO XXI

Resulta inefable y trascendente, la cascada de acontecimientos vergonzosos, conexos a la

desafección de los que opinan lo contrario al relato panegírico de los miembros del Gobierno. Observamos una crisis progresiva de valores e inmoral, donde las emociones se imponen a la verdad.

El Gobierno español, debería representar a la mayoría de los ciudadanos con ideas similares y objetivos comunes. Pues bien, se ha convertidos en una suma de partidos minoritarios y periféricos con enfoques diferentes y antagónicos. Estos políticos, incapaces de gobernar por sí solos, satisfacen sus aspiraciones, eligiendo un líder común, frío, calculador y charlatán sin escrúpulos, capaz de satisfacerlos; aún en contra de una población mayoritaria indignada, apática y silenciosa, a la que imponen una posverdad, cada día más implantada, con el fin de manipular creencias y actitudes de la población con fines políticos.

Darío Villanueva, filólogo y catedrático de literatura, opina que se trata de una posdemocrática hobbesiana: propuesta por Thomas Hobbes (1588-1679), o por el sociólogo británico Colin Crouch en el año 2004. Las formas democráticas persistirían, pero vacías de contenido, dando lugar al autoritarismo.

Esta situación iniciada en España por J.L.R. Zapatero el 14 de Febrero del año 2008, cuando en una entrevista con el periodista I. Gabilondo dijo: ¨ nos conviene que haya tensión ¨. Su objetivo no era otro que activar al electorado, polarizando a los ciudadanos, manipulando y despertando hechos pasados.

Ya nos advertía Platón (427-347 a. de C) de los peligros de la democracia de las mayorías;

satisfacer a personas con escasa preparación continuamente o agradecidas, desviaría del

propósito fundamental que se pretende.

Hasta el año 1890, durante el Gobierno de P. M. Sagasta, no se puso fin al ¨ sufragio censitario ¨ en España. La mujer, tuvo que esperar hasta 1931 para poder votar, gracias a los esfuerzos de Clara de Campoamor, aunque tuvo en contra numerosos críticos, incluso progresistas como Victoria Kent (1898-1987). Sugerían que la mujer no estaba preparada para ello por ignorancia, influencia de sus maridos o la iglesia católica.

Actualmente existen filósofos celebres y documentados; podríamos citar a Jason Brennant, profesor en Georgetown, que sostienen la idea epistócrata para gobernar: ¨ La democracia de los sabios ¨. Solo los más instruidos, podrían votar. La meritocracia sería algo parecido, pero proclama que lo hagan todos; aunque este compromiso, debería ser más relevante en los eruditos y preparados.

Los profesores expertos en política de Harvard, S. Levistky y D. Ziblatt, nos describen en su libro: ¨ Como mueren las democracias ¨, como serían las situaciones que nos deben alertar:

– Rechazo a las normas democráticas.

– Negación a la legitimidad del oponente político.

– Tolerancia o fomento de la violencia.

– Disposición a restringir las libertades civiles ( prensa, políticos opositores, etc ).¨

Las democracias no suelen morir repentinamente, sino de forma lenta, cuando los líderes

elegidos van debilitando las normas democráticas, los pesos y contrapesos institucionales, y el respeto mutuo entre adversarios políticos.

Entiendo que los avances democráticos conseguidos, no deberían regresar; pero me hace

pensar, como a tantos politólogos, filósofos y sociólogos a lo largo de la historia, que discrepan de las democracias de las mayorías, ya consolidadas. Estas, se convierten en aburridas y desilusionantes, de difícil comprensión, absorbentes y divisivas, con bajo nivel, incluso irrespetuosas y circenses; con una deriva en desafección entre ciudadanos y ruina del País.

Necesitamos conocer los peligros de las democracias actuales, llamadas del siglo XXI, donde las emociones se imponen a la razón y a la verdad, donde se señala y criminaliza al adversario político, y donde se utilizan las instituciones del Estado para conseguir fines políticos.

Los políticos deberían ser personas integras, preparadas e inflexibles con la cultura democrática; donde la seriedad, creatividad, convicción, responsabilidad y coherencia, prevalezcan como pilares fundamentales. La historia de la democracia nos ha advertido de sus peligros; no olvidemos a los líderes autocráticos salidos de las urnas. No creo que todo valga ni sea progresista. La auténtica democracia, la menos contaminada, debería ser siempre la de las mayorías, donde confluyan objetivos comunes como País, y que el esfuerzo, igualdad y solidaridad prevalezcan de forma civilizada e instruida.

Manuel Lozano Molina

        17-11-25

Del impulso fundacional al cortoplacismo

He vivido la última etapa del franquismo, el alumbramiento de la democracia y sus décadas de recorrido. Aquellos primeros años dejaron una impresión difícil de olvidar: dirigentes muy formados, con sentido de Estado y una vocación pública capaz de sacrificar vida privada y réditos partidistas.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero cuando uno recuerda a nuestros principales políticos de la primera democracia, de cualquier color, como Adolfo Suárez González, Felipe González, Alfonso Guerra, Enrique Fuentes Quintana, Fernando Abril Martorell, Marcelino Oreja Aguirre, Landelino Lavilla Alsina, José Luis Albiñana, Marcelino Camacho, Manuel Fraga, Gregorio López Bravo, Francisco Fernández Ordóñez, Rodolfo Martín Villa, Joaquín Garrigues Walker, Íñigo Cavero…

Y mira ahora el panorama actual con, Pedro Sánchez, María Jesús Montero, Yolanda Díaz, José Manuel Albares, Félix Bolaños, Fernando Grande-Marlaska, Miriam Nogueras Camero, Mertxe Aizpurua,Mónica García, Oscar Puente, Oriol Junqueras, Ernest Urtasun, Gabriel Rufián, …  y hasta el fugado Carlos Puigdemón, no puede dejar de preguntarse en qué parte del camino nos hemos perdido.

Hoy, sin negar las excepciones, la sensación sobre la evolución de nuestra política es terrible: partidos más encerrados en sí mismos, carreras políticas que empiezan y acaban dentro del aparato, menos escucha de la sociedad real, más pelea por el poder que proyecto de país. ¿Qué nos ha traído hasta aquí? Yo creo que las causas son múltiples y no me siento muy capaz de desgranarlas.

Partidos que miran más al Estado que a la sociedad. Con el tiempo, los partidos se han hecho más “estatales”: dependen de recursos públicos (como los Sindicatos y las supuestas ONG’s), compiten por escaños y cargos, y seleccionan a sus cuadros puertas adentro. El sistema de listas cerradas y la disciplina parlamentaria premian la lealtad interna por encima de la rendición de cuentas personal. Prospera el político que domina los pasillos del partido; escasea el que trae experiencia larga de empresa, escuela o administración “de trinchera”, de la vida, en definitiva.

La política bajo el foco permanente. La política vive dentro de los medios y, sobre todo, de las redes. Importa tanto, o más, ocupar la conversación que resolver problemas. Se premia el corte breve; se castiga la negociación silenciosa. En esa lógica, ceder se interpreta como claudicar y acordar como “traición”. ¿Quién arriesga capital político por reformas que maduran en ocho o diez años?

Desafección ciudadana y “vaciamiento”. La sociedad se ha hecho cómoda, se ha anestesiado y la militancia mengua. Menos bases, menos vida interna, menos tejido social. Cuando la sociedad se aleja, los partidos miran más a la administración y menos al barrio.

Reglas del juego que empujan a la táctica. Minorías, coaliciones frágiles y vetos territoriales fuerzan transacciones cortoplacistas. Lo importante es asegurar la votación de la semana. Las reformas de 8-10 ó 15 años (educación, seguridad, vivienda, demografía, agua, ciencia…) quedan a medio hacer, si es que se empiezan.

Más estudios, pero menos criterio. En mis años jóvenes abundaba gente con menos títulos, pero, a mi juicio, con más criterio y más involucración social. Hoy vemos más educación formal y, sin embargo, menos criterio cívico y menor implicación. ¿Cómo puede ser?:

  • Tener estudios no garantiza juicio prudente. El sistema ha medido más títulos que pensamiento crítico, deliberación y ética pública. Sabemos “aprobar”, no siempre deliberar.
  • Pasamos de la enciclopedia a la IA. Sobreabundancia de titulares, estímulos y cámaras. Con tanto ruido, es más difícil jerarquizar lo importante y mantener conversaciones.
  • Hay más movilidad, más soledad, más trabajos intermitentes: menos tiempo cívico. La vida asociativa —vecinal, cultural, sindical, deportiva— ha perdido centralidad; y ahí se aprendía criterio.
  • Parte de la energía cívica se ha desplazado a la señalización (aplaudir, compartir, indignarse) sin organización sostenida detrás. Parecemos más activos; somos menos efectivos.
  • Escándalos, polarización y promesas incumplidas erosionan la confianza social; sin confianza, cuesta cooperar y sostener proyectos largos.

Como resultado, nos encontramos con más alfabetización técnica y, a la vez, déficit de criterio público (capacidad de escuchar, ponderar, ceder y decidir con otros) y déficit de implicación sostenida.

¿Se puede revertir? Sinceramente, me parece casi imposible, porque los cambios que tendríamos que introducir me parecen tan grandes que no veo hoy a nadie capaz de abordarlos:

  1. Abrir la selección de candidatos. Primarias exigentes, concursos de méritos, trayectorias verificables. Más competencia interna = más talento social.
  2. Pactos de Estado con cláusulas de estabilidad para educación, ciencia, pensiones, agua y vivienda (metas a 10–15 años, evaluación periódica).
  3. Transparencia y controles: financiación clara, auditoría independiente, sanción efectiva. Menos rentable medrar, más valioso servir.
  4. Capacidad técnica y evaluación: medir resultados y costos de políticas; rectificar cuando no funcione.
  5. Reconectar partidos y sociedad: foros deliberativos, presupuestos evaluados, comparecencias con datos; escuchar mejor sin plebiscitarlo todo.
  6. Recompensar el consenso en el sistema mediático: prestigiar acuerdos útiles y desenmascarar teatro.
  7. Cívica para adultos, no solo para alumnos. Tenemos que re-formarnos en lo social.

No se trata de volver a 1977: aquel país ya no existe. Pero sí de recuperar la ambición de pactar lo importante sin dejar de competir por lo opinable. La política se “empequeñece” cuando se rompe el equilibrio entre servicio y carrera, entre evidencia y relato. Se agranda cuando los partidos abren ventanas, cuando los medios dejan espacio al acuerdo y cuando la ciudadanía exige menos espectáculo y más propósito.

La Transición probó que somos capaces de acordar lo esencial. Hoy, y siempre, la madurez democrática ha consistido en sostener proyectos de país que sobrevivan a varias legislaturas y en seleccionar dirigentes que sepan algo más que ganar una guerra de titulares. Menos ruido, más horizonte. Menos trinchera, más España.

Pero… ¿quién le pone el cascabel al gato? Yo, personalmente, sigo confiando en Pedro Sánchez.

José García Cortés

        2-11-25