Si Agripina la Menor nombró a Séneca tutor de Nerón, un joven que, según diversas fuentes, era maniático, temeroso y vacilante, pero también, al menos en un principio, culto, generoso y lleno de buenos principios, y todo terminó como la historia nos ha mostrado, incluso con la muerte del propio maestro. ¿qué cabría esperar, salvando todas las distancias históricas, de un Gobierno presidido por Pedro Sánchez, con Jefes de Gabinete como Oscar López o Diego Rubio, cuando su número dos fue José Luís Abalos?
Creo que, desde un principio, se emprendió un camino que ha ido erosionando todos los
principios democráticos fundamentales con el objetivo de consolidar el poder. A ello se suma un discurso político que considero marcado por la desinformación y el cinismo, recordando la máxima atribuida a Joseph Goebbels, sobre la eficacia de la mentira repetida, así como una creciente tendencia al control social y fiscal, próxima al panóptico descrito por Michel Foucaault o al “Gran Hermano” imaginado por George Orwell en 1984.
El resultado, a mi juicio, es una sociedad cada vez más polarizada, una creciente desafección hacia las instituciones y el predominio de las emociones menos nobles, especialmente el resentimiento.
Cuando observo mi entorno, percibo una excesiva complacencia de los afines al Gobierno, mientras la mayoría de los ciudadanos sufren las consecuencias de una economía más difícil, un endeudamiento creciente del País y una pérdida de prestigio en el ámbito occidental.
Siempre he creído que las democracias poseen un cierto poder inmunológico. Existen jueces, periodistas y analistas valientes que, actúan con independencia y rigor como contrapeso frente a cualquier tentación de concentrar el poder.
La retórica difundida desde Moncloa asumida por ministros y repetida por determinados comunicadores, junto con las constantes perífrasis y muletillas de sus socios parlamentarios en cada entrevista, termina por aburrir desconcertar y, en ocasiones, bloquear emocionalmente al ciudadano.
Con el paso del tiempo tengo menos certezas y más incertidumbres. Me siento cada más
próximo al silencio que al alboroto; más inclinado a la reflexión que al ruido; más partidario de la concentración que de la dispersión. En ello me reconozco en las palabras de Arturo Pérez Reverte y Antonio Gala, cuya defensa del pensamiento libre sigo admirando.
Y, para terminar, me permito recordar al presidente del Gobierno una máxima que, probablemente, Séneca habría suscrito sin vacilar: “Lo que las Leyes no prohíban, puede prohibirlo la honestidad”.
Manuel Lozano Molina
28-6-26