EL SUSODICHO DE LA SEÑORA BERNARDA

Me he estado informando, incluso con algunas personas que intervienen directamente en las vacunaciones, y me cuentan que hay muchas personas que no están queriendo ser vacunadas, incluidos sanitarios.

También en estos días estoy escuchando extensos debates acerca de los derechos fundamentales y de que no puede ser obligatoria la vacuna para nadie, ni tampoco la puesta en marcha de una cartilla de vacunación.

Todo ello porque al parecer atenta contra el artículo 14:Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”

Ninguno de nosotros puede circular por las carreteras por dónde y como quiera, ya que estamos sujetos a unas normas que nos obligan, bajo fuertes multas, e incluso la cárcel, a su cumplimiento.

Tampoco conozco a nadie que quiera pagar libremente sus impuestos, pero nos lo son exigidos punitivamente con apercibimientos, recargos, embargos y también incluso la cárcel cuando los temas superan una determinada cuantía.

Ni que decir tiene, que no podemos ir por la calle insultando o agrediendo a otras personas sin que ello tenga consecuencias.

En definitiva, hemos tenido la libertad de elegir vivir en una sociedad que tiene sus normas para que exista una convivencia posible entre los ciudadanos y normas que persiguen la protección de la sociedad y su mejora futura. Como contrapartida, hemos elegido libremente también cumplir las normas de la sociedad en la que vivimos.

La pandemia del Covid (y lo mismo creo que se podría afirmar con otras enfermedades vacunables), no deja de ser una agresión externa que ataca a la sociedad y ésta tiene que protegerse para no sucumbir.

Con más o menos acierto (más bien con menos), los gobernantes han adoptado y adoptan medidas que obligan a sus ciudadanos a cumplir ciertos comportamientos, mascarillas, distancias de seguridad, restricciones de aforo, perimetración, confinamientos y unos magníficos estados de alarma.

Todas estas medidas, insisto, más o menos afortunadas, se toman en beneficio de la sociedad, para salvar vidas y para minorar los desgraciados efectos económicos que además conlleva la pandemia, pero coartando siempre, en mayor o menor medida, las libertades individuales y colectivas de los ciudadanos.

Hemos llorado, implorado y suplicado la llegada de la vacuna para acabar con esta maldita lacra del Covid, y ahora cuando llega, hay gente que no se la quiere poner apelando a sus libertades personales.

¿Acaso estas personas que no se quieren vacunar si enferman van a renunciar a ser atendidos para salvar su vida, consumiendo recursos públicos?, ¿acaso esas personas que con su falta de vacunación (por tanto no contribuyen a mejorar la recuperación económica) van a poner dinero para paliar la situación de miseria en la que han entrado muchos conciudadanos?

En un país en el que tenemos una cartilla internacional de vacunación para enfermedades tropicales, que tenemos una cartilla infantil de vacunación, carnés de jubilados, DNI’s, de circulación, profesionales, de clubs,…. ¿nos planteamos si es bueno tener una cartilla de vacunación?, ¿pero estamos tontos o qué?.

¿Qué diferencia hay entre una persona que no se vacuna y que si contrae el Covid puede contagiar a otros ciudadanos induciéndoles un mal (o incluso la muerte) y el kamikaze que conduce en dirección prohibida? ¿porqué se consiente la primera y no la segunda de las actitudes.?

Es en estos momentos complejos y difíciles cuando más se necesitan líderes políticos que ejerzan su función con la máxima responsabilidad, en España, para salir de la crisis a través de la toma de decisiones que no son populares, nos encontramos con unos blandengues a los que les tiembla el pulso y no están a la altura de lo que se necesita de ellos.

Lo malo, es que estos comportamientos que están demostrando hacia sus representados y a la falta de valor para tomar las decisiones que corresponden, supone un coste en vidas más alto de las que corresponden (y por supuesto de las que se contabilizan) y de un mayor  aumento de nuestro sacrificio económico.

Al parecer, la famosa frase que hace referencia a la señora Bernarda, quien parece ser que en el siglo XVI se ganaba la vida como santera (unos la ubican en Granada y otros en Ciudad Real) era capaz de conseguir curar múltiples dolencias con el solo hecho de introducir la mano dentro de su vagina.

Qué pena que ya no esté esta señora para que la visiten nuestros políticos y que les pudiera curar su terrible dolencia de “nohagoloquedebo sinoloquemedavotos”.

Estamos “apañaos”

José García Cortés

       17-1-21

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