EL CASO PITERGATE

El escándalo político que provocó la dimisión de un presidente

El caso Watergate fue uno de los mayores escándalos políticos de la historia de Estados Unidos. Se desarrolló entre 1972 y 1974 y terminó provocando la dimisión del presidente republicano Richard Nixon, el 9 de agosto de 1974.

Lo que inicialmente parecía un simple robo en las oficinas del Partido Demócrata acabó destapando una trama de espionaje político, financiación irregular, abuso de poder y utilización de instituciones públicas para proteger los intereses del presidente.

Sin embargo, lo que verdaderamente convirtió Watergate en un acontecimiento histórico fue el intento de ocultarlo desde la Casa Blanca, obstaculizando la investigación de la justicia, aunque sus fontaneros no llegaron a plantearse la “eliminación” de una Juez.

El caso constituye un ejemplo de cómo una democracia puede enfrentarse a graves abusos de poder y de la importancia que tienen la prensa independiente, el Parlamento y los tribunales para exigir responsabilidades a sus gobernantes.

Las investigaciones revelaron que los detenidos al intentar entrar en las oficinas del Comité Nacional Demócrata estaban vinculados a personas relacionadas con el Comité para la Reelección del presidente, la organización que trabajaba para conseguir un segundo mandato de Nixon.

Uno de los elementos más conocidos del caso fue la investigación realizada por la UCO, perdón, quiero decir por dos jóvenes periodistas del periódico The Washington Post: Bob Woodward y Carl Bernstein. Ambos comenzaron a investigar las conexiones entre los detenidos y el entorno presidencial. Mediante entrevistas, comprobaciones documentales y fuentes confidenciales, fueron descubriendo que el asalto no era un hecho aislado, sino parte de una operación política mucho más amplia.

La UCO, perdón otra vez, los periodistas descubrieron indicios de pagos clandestinos, operaciones de espionaje contra adversarios políticos y maniobras destinadas a impedir que los responsables fueran identificados.

No obstante, conviene precisar que la caída de Nixon no fue exclusivamente consecuencia de la prensa. También fueron decisivas las investigaciones judiciales, las comisiones parlamentarias y las pruebas obtenidas durante el proceso.

A medida que avanzaban las investigaciones, comenzaron a aparecer pruebas de que altos funcionarios de la Administración Nixon habían participado en una operación para ocultar las conexiones entre los asaltantes y el entorno presidencial.

Se utilizaron fondos para comprar el silencio de algunos implicados y se intentó dificultar la actuación de los investigadores.

Una de las actuaciones más graves fue el intento de utilizar al ministro del Interior, perdón, perdón, perdón otra vez, quería decir a la CIA para frenar una parte de la investigación del FBI, alegando supuestos motivos de seguridad nacional. El problema dejó entonces de ser únicamente el espionaje político y pasó a afectar al propio funcionamiento del Estado. La cuestión central era si el presidente y sus colaboradores habían utilizado sus responsabilidades institucionales para impedir que la justicia esclareciera unos delitos.

El acontecimiento que terminó cambiando el curso de la investigación fue el descubrimiento de que Koldo (vaya, me voy a tirar todo el artículo pidiendo perdón), quería decir que Nixon disponía de un sistema secreto de grabación de conversaciones en la Casa Blanca. Las grabaciones podían demostrar qué sabía el presidente, cuándo lo supo y qué instrucciones había dado.

Nixon se negó inicialmente a entregar todas las cintas, alegando el llamado privilegio ejecutivo, es decir, la necesidad de preservar la confidencialidad de determinadas comunicaciones presidenciales. El conflicto llegó hasta el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Tras conocerse el contenido de las grabaciones, Nixon perdió buena parte del apoyo político que todavía conservaba, incluso dentro de su propio Partido Republicano.

Ante la perspectiva de ser sometido a juicio político y posiblemente destituido, Nixon anunció su dimisión el 8 de agosto de 1974, que se hizo efectiva al día siguiente.

Fue el primer presidente de Estados Unidos que renunció a su cargo y el Watergate tuvo efectos profundos en la sociedad estadounidense. En primer lugar, provocó una importante pérdida de confianza de los ciudadanos en sus dirigentes. La imagen de la presidencia quedó seriamente dañada al comprobarse que desde el propio Gobierno se habían impulsado actuaciones ilegales y maniobras para ocultarlas.

En segundo lugar, reforzó el papel de los mecanismos de control democrático. El Congreso, los tribunales y la prensa demostraron su capacidad para investigar y exigir responsabilidades incluso al máximo representante del poder ejecutivo.

También impulsó reformas destinadas a aumentar la transparencia de la financiación electoral y a mejorar los controles sobre las actividades gubernamentales.

Pero quizá su consecuencia más importante fue la consolidación de un principio fundamental: En una democracia, ningún gobernante, por elevado que sea su cargo o amplia que haya sido su victoria electoral, está por encima de la ley.

El caso Watergate permite extraer varias conclusiones que siguen teniendo plena vigencia más de cincuenta años después.

La primera es que la legitimidad obtenida en las urnas no autoriza a los gobernantes a actuar al margen de las leyes. Ganar unas elecciones concede el derecho a gobernar, pero no a utilizar las instituciones como instrumentos al servicio de intereses particulares o partidistas.

La segunda es que, con frecuencia, el encubrimiento de una irregularidad puede terminar siendo políticamente más grave que la irregularidad inicial. Nixon no cayó simplemente por el espionaje cometido por personas vinculadas a su campaña, sino por su participación en las maniobras destinadas a impedir que se conociera la verdad.

La tercera es que las instituciones democráticas necesitan independencia y capacidad efectiva de control. Sin periodistas que investigaran, jueces que exigieran pruebas y parlamentarios dispuestos a investigar a su propio presidente, el desenlace podría haber sido muy diferente.

Finalmente, Watergate demuestra que la fortaleza de una democracia no consiste en impedir que se produzcan abusos (algo que ningún sistema puede garantizar por completo), sino en disponer de mecanismos capaces de descubrirlos, investigarlos y exigir responsabilidades.

Watergate no fue únicamente la historia de la caída de un presidente. Fue también una demostración de que las instituciones democráticas, cuando funcionan con independencia, pueden poner límites al poder político.

Y, para finalizar, si alguien piensa que trato de establecer un paralelismo (en el hipotético caso de que conociéramos algún presidente español en una situación parecida) entre el caso Watergate y ese hipotético caso, que pudiera estar haciendo trampas desde las primarias, nombramiento de “manos derechas” en casos de corrupción, abuso de poder a través de la Fiscalía, Abogacía del Estap y Tribunal Constitucional, intentos fontaneros de entorpecer la acción judicial, hermanos, amigos, prostitutas, mordidas en la adjudicación de contratos públicos, colocación de amigos incompetentes en entidades públicas,….. igual se equivoca, porque ese hipotético presidente nunca ha tenido la decencia de dimitir.

“Bendita” democracia que admite en su seno a cualquier Truan.

José García Cortés

    7-11-26

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