Una vez más, hemos asistido a una auténtica afrenta a la inteligencia cuando una persona, cuya conducta política resulta difícilmente defendible, afirmaba que “sería cruel e injusto que ahora dimitiera”.
Una justificación que parece ampararse en la posverdad y que constituye, en sí misma, una quiebra de la lógica y de la coherencia. Sin embargo, cuando finalmente presenta su dimisión, sostiene que “no existe una decisión más justa, seria y responsable que dimitir de mi Ministerio”.
He aquí la contradicción: lo que ayer calificaba de cruel e injusto se convierte hoy en un acto de justicia, seriedad y responsabilidad. Una auténtica contradictio in adiecto, en la que las palabras parecen acomodarse a las circunstancias y no a los principios. Todo apunta a que su salida no ha sido fruto de una decisión enteramente voluntaria, sino de presiones que han terminado por hacerla inevitable.
Y resulta especialmente significativo que, hasta ese momento, hubiera contado con el respaldo de Pedro Sánchez, Gabriel Rufián y representantes de Bildu. Al presidente se le complica la precampaña. Esta vez, la estrategia de sus asesores, empeñados en moldear las emociones del electorado mediante consignas y relatos cuidadosamente elaborados, parece haber fracasado. Los discursos del “amor”y del “no todos somos iguales”, concebidos para movilizar adhesiones y desviar la atención de las responsabilidades políticas, han terminado volviéndose contra sus propios promotores.
Siempre he sostenido que el alcance de la corrupción que rodea al denominado sanchismo terminará conociéndose en toda su dimensión. Resulta difícil mantener indefinidamente una trama de silencios, justificaciones y medias verdades cuando son tantos los implicados y tantos los intereses que confluyen. La verdad puede demorarse, pero difícilmente permanecer oculta para siempre.
Tampoco ha pasado inadvertida la ausencia de algunos de sus compañeros ideológicos de ultramar en la Cumbre Iberoamericana. Quizá alguien les haya hecho llegar un mensaje tan breve como elocuente: «Please, don’t come». En determinadas circunstancias, una fotografía junto a Pedro Sánchez podría convertirse en un inconveniente político de difícil reparación.
Mientras tanto, algunos representantes de esa izquierda más radical continúan recurriendo a la supuesta barbarie medieval o al denominado leyendanegrismo para descalificar nuestra historia. Conviene recordarles que la Edad Media también fue escenario de una extraordinaria elaboración intelectual, jurídica y política. Alfonso X de Castilla, conocido justamente como el Sabio, entendió que la formación de un gobernante debía sustentarse en el conocimiento, la prudencia y la virtud. En ese contexto, El libro de los doce sabios, obra vinculada a la tradición sapiencial de su época y a la formación del príncipe, constituye un valioso testimonio de aquella concepción del buen gobierno.
Su enseñanza conserva plena vigencia: la grandeza de un gobernante no reside exclusivamente en el poder que ostenta, sino en la justicia, la prudencia y la virtud con las que lo ejerce.
Gobernar no es servirse del poder ni utilizar las instituciones en beneficio propio; es asumir una responsabilidad al servicio de los ciudadanos. Quizá convendría que algunos de nuestros actuales gobernantes dedicasen algo de su tiempo a recuperar estas enseñanzas. Descubrirían que la política, antes que un ejercicio de propaganda, confrontación y supervivencia personal debería ser, ante todo, un ejercicio de responsabilidad moral.
Manuel Lozano Molina
6-11-26