Prometeo fue, según la mitología griega, un titán astuto y previsor. Robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres para que pudieran abandonar la oscuridad, mejorar sus condiciones de vida y conquistar, con él, una cierta dignidad frente a la adversidad.
Zeus, irritado por semejante desafío, decidió castigar su osadía. Lo encadenó a una roca en las montañas del Cáucaso y condenó su cuerpo a un suplicio interminable: cada día, un águila devoraría su hígado y, cada noche, la naturaleza inmortal del titán lo regeneraría para que el tormento pudiera comenzar de nuevo.
Muchos años después, Heracles, hijo del propio Zeus, acabó con el águila y liberó a Prometeo. El gesto contó, además, con cierta aquiescencia divina: hasta los dioses terminaron reconociendo que la valentía, la generosidad y el sacrificio en favor de los hombres podían merecer el perdón.
La mitología, a veces, tiene la extraña virtud de parecer escrita para otros tiempos. Mientras nuestro país asistía a los acontecimientos de Ceuta y a los numerosos avisos sobre una posible llegada masiva de inmigrantes, el Gobierno que preside Pedro Sánchez no consideró necesario (según las explicaciones ofrecidas posteriormente) adoptar las medidas extraordinarias que una situación de semejante naturaleza parecía reclamar. Y cuando los acontecimientos se consumaron, llegó incluso el agradecimiento a Marruecos, antes de que el presidente emprendiera sus vacaciones.
Entretanto, en Madrid, un reducido grupo de manifestantes, amparados en el denominado efecto Mari Carmen, acampa y protagoniza actos de vandalismo en la Puerta del Sol. Y, ante la presión de la calle, el Consejo de ministros parece dispuesto a reaccionar con una celeridad que contrasta llamativamente con la parsimonia mostrada ante otros acontecimientos de mayor trascendencia.
Se inicia así una nueva reforma de la vivienda destinada a satisfacer las demandas de quienes, desde la calle, reclaman soluciones inmediatas; una iniciativa que llega al Congreso mediante un procedimiento extraordinario y a una velocidad difícil de conciliar con la serenidad y el rigor que deberían presidir cualquier reforma de semejante alcance.
Una vez más, asistimos a lo que Camilo José Cela, con su particular crudeza verbal, habría podido calificar de Gobierno «frenopático y emputecido»: un poder que parece fabricar relatos para alimentar a sus acólitos y convertir la emoción colectiva en argumento político. Una suerte de ilusión del conocimiento que lleva a algunos a confundir la vehemencia de la protesta con la solidez de las razones y la urgencia de la calle con la legitimidad de las instituciones.
Pero quizá España necesite, precisamente ahora, un Prometeo. No un mesías, ni un caudillo, sino un titán cívico: alguien capaz de enfrentarse al poder sin servirse de él; alguien que no haga de la confrontación una forma de gobierno ni de la mentira una herramienta de poder. Un hombre (o una mujer) dispuesto a asumir el coste de defender aquello que considera justo, aunque ese compromiso pueda conducirle, al principio, al aislamiento, a la incomprensión o incluso al castigo. Porque Prometeo sabía que el suplicio podía ser largo.
Lo que Zeus ignoraba era que una roca concebida para el castigo puede acabar convirtiéndose en pedestal. Quizá solo falte encontrar a quien tenga el valor de subir a ella: alguien con carisma de líder, pero sin vocación de caudillo; valiente sin ser temerario, conciliador sin ser complaciente, afable sin ser débil, elocuente cuando sea necesario y lacónico cuando las circunstancias exijan silencio.
Alguien que devuelva a los españoles algo más valioso que una consigna: la esperanza de que la política vuelva a estar al servicio de la sociedad y no la sociedad al servicio de la política. Y quizá entonces comprendamos la verdadera lección de Prometeo: que desafiar al poder puede tener un precio, pero también que, a veces, quienes se atreven a pagarlo terminan convirtiendo su roca en pedestal.
Manuel Lozano Molina
3-10-26