Acceso turbio al poder, persecución política, purgas del mayor órgano de gobierno, corrupción administrativa, manipulación institucional y gobierno orientado al beneficio personal.
Su llegada al poder supuso para muchos el inicio de la decadencia política, porque no fue un hombre con una gran preparación ni un administrador competente, sino un gobernante rodeado de intrigas que dejó el gobierno real en manos de favoritos, cortesanos y personajes corruptos que compraban cargos y favores.
Purgó de forma descarada a todo aquel que fuera sospechoso de lealtad, acusó de conspiración para eliminar adversarios políticos y humilló y sometió el principal órgano de gobierno.
Los niveles de corrupción se pueden considerar extrema, con venta de cargos y el dinero público se utilizó para espectáculos, lujos personales y propaganda.
Se caracterizó por el culto personal y degradación institucional, exigiendo ser venerado casi como un dios viviente, con cambios en las instituciones en honor a sí mismo. Un desprecio absoluto al gobierno efectivo y una preferencia descarada al espectáculo y el gasto de enormes cantidades del tesoro. Muchos expertos consideran que con él terminó definitivamente la etapa de estabilidad y “buen gobierno”.
No, no me estoy refiriendo a Pedro Sánchez, ni a Rodríguez Zapatero, sino al emperador romano Cómodo (180-192 d.C.), personaje histórico que, junto a Domiciano, Calígula o Nerón, todos ellos de control autoritario, populismo, corrupción moral, humillación institucional, persecución a los opositores, manipulación judicial, eliminación política de opositores y centralización extrema del poder, contribuyeron poderosamente a la caída del Imperio cuando las instituciones dejaron de servir al bien común y comenzaron a servir al mantenimiento del poder personal.
Pero no hace falta que me remonte tanto tiempo en la historia, porque, aunque con los lógicos matices de una era más moderna, podemos identificar patrones políticos que se repiten: concentración de poder, polarización social, debilitamiento institucional, control (o intento de control) de jueces y medios, corrupción estructural, clientelismo o persecución de adversarios.
No, todavía no estoy hablando de Pedro Sánchez y su banda, hablo de Vladimir Putin, Nicolás Maduro, Recep Tayyip Erdoğan, Viktor Orbán… Y no incluyo a Xi Jinping, que, aunque se parece en aspectos como la concentración del poder, debilitamiento de contrapoderes independientes, control político institucional, vigilancia social y prioridad de la estabilidad sobre la libertad política, presenta importantes diferencias, ya que tienen una gran capacidad administrativa real, son capaces de planificar a largo plazo, obtienen grandes resultados económicos e industriales y no se ocultan tras una bandera demócrata. Hoy por hoy, no parece que se le pueda comparar con la Roma decadente sino a la de su momento de máxima organización imperial.
Y todo esto sucede poco a poco, por eso muchos historiadores recuerdan que las democracias no suelen desaparecer de golpe, sino que suelen erosionarse de forma lenta y, precisamente por eso, estudiar Roma sigue siendo tan útil ya que ayuda a entender cómo pueden deteriorarse las instituciones cuando el poder deja de aceptar límites. No olvidemos que ellos también tenían mecanismos de control y contrapesos, pero acabó ocurriendo algo clave: las normas dejaron de respetarse no porque desaparecieran formalmente, sino porque algunos líderes lograron situarse por encima de ellas con apoyo popular, militar o económico.
De hecho, el gran problema histórico no suele ser que aparezcan líderes ambiciosos (eso ha ocurrido siempre), sino que los contrapesos fallen, la sociedad se acostumbre o las instituciones pierdan independencia.
Afortunadamente, igual que cuando te clavas una espina, el cuerpo reacciona mediante inflamaciones hasta que consigue expulsarla del cuerpo, las democracias tienen mecanismos de “defensa inmunológica” frente a quienes utilizan las propias instituciones para vaciarlas desde dentro. Mal que pese a estos personajes, todavía tenemos valientes en la prensa, tribunales, y una opinión pública cada vez más global, mecanismos de control que Roma jamás tuvo.
Y ahora iba a repasar todas las cosas que Pedro Sánchez ha hecho desde que llego al poder (excepto gobernar bien), pero me he dado cuenta de que necesitaría unos 2.000 folios para recogerlo y no tengo espacio para ello.
Confío en que la Justicia siga expulsando las espinas de nuestro cuerpo y nos devuelva la salud democrática.
José García Cortés
20-5-26