CORONAVIRUS Y OTRAS MALDADES HUMANAS , UN RECUERDO PARA NUESTROS MAYORES

Las personas de más de 65 años representan en nuestro país el 19,4% de la población, es decir, en torno a 9 millones de personas.

Este Coronavirus se está cebando con especial crueldad en nuestros mayores. A fecha de este artículo, las estadísticas oficiales por Covid 19, arrojan una cifra de fallecidos de 21.238 personas, cifra ésta que, a tenor de lo que hoy ya sabemos, podría ser más del doble. Y, desgraciadamente, se sigue incrementando cada día.

De los datos oficiales de personas que ya han perdido la vida, el 84,6%, es decir, casi 18.000 personas son mayores de 70 años. Muchas de estas personas vivieron nuestra guerra civil y, los mas, “sobrevivieron” a la terrible y larga posguerra que se produjo.

Son nuestros padres y nuestros abuelos, las personas que, junto con otras que ya no están entre nosotros, han sacado adelante a sus familias y han levantado al país que quedó sumido en la más profundas de las miserias.

La inmensa mayoría de nuestros mayores nunca supieron de las macromagnitudes más significativas -producción agraria e industrial, comercio exterior, inversión, PIB,.. que permitían conocer la magnitud del desastre de la economía que les tocó en suerte. Sencillamente vivieron en sus carnes las consecuencias de la pobreza.

Los años inmediatamente posteriores al término de la guerra fueron para ellos los años del hambre, del estraperlo, de la escasez de los productos más necesarios, del racionamiento, de las enfermedades, de la falta de agua, de los cortes en el suministro de energía, de los exiguos salarios, del frío y los sabañones.

Y así tuvieron que malvivir durante periodo muy prolongado de tiempo ya que el nivel de consumo alimenticio de preguerra, en términos de calorías totales, solo se alcanzó hasta mediados los años 50 y, el consumo de productos de cierta calidad no se consiguió hasta ya entrados los años sesenta.

Aunque el reparto de la pobreza no fue equitativo entre las clases sociales y las áreas geográficas, en general fue durísimo para todos. En los pueblos, se trabajaba mucho, muchísimo. Aquellos afortunados que eran propietarios de algunas tierras, aunque con mucho esfuerzo, al menos tenían algo más de acceso a las materias primas, pero el resto de trabajadores del campo, lo hacían en fincas de otros propietarios por salarios de absoluta ruindad.

En las poblaciones no agrícolas, los cabezas de familia (estaba mal visto que las mujeres casadas trabajaran fuera del hogar), también trabajaron muy duro, en lo que encontraban, con precariedad y con salarios de supervivencia. Después, conforme pasaron los años y el país se iba recuperando, muchos pelearon por tener un segundo y hasta un tercer trabajo porque con uno “no llegaba”.

Nuestras abuelas y madres fueron las grandes heroínas a la hora de sacar a las familias adelante, eran las responsables del hogar, y, en ocasiones, eran también, trabajadoras que practicaban la agricultura familiar .

Cocinaban, fregaban, limpiaban, lavaban a mano, planchaban, cuidaban de nosotros, compraban, cosían, zurcían y bordaban, y, sobre todo, estiraban todo lo que podían el exiguo salario que los maridos aportaban.

En la mayoría de los casos, la ropa se hacía a mano en cada casa, desde los calcetines de lana hasta la ropa interior, jerséis de punto y los pantalones. Cuando una prenda se dejaba por vieja, de las partes sanas se hacían nuevas prendas para los más pequeños de la familia.

Nuestros padres y abuelos son supervivientes natos. Posiblemente sean el fruto de una selección natural que, tras la guerra, realizó el hambre, las fiebres tifoideas, la tuberculosis, el paludismo y la disentería que por falta de higiene se llevaron por delante a los más débiles.

Estas personas, que han sufrido tanto, no se merece un final como el que le estamos ofreciendo.

Si, a los que les debemos todo y a los que deberíamos proteger con todos nuestros esfuerzos, hoy están soportando la parte más dura del confinamiento, sufriendo su miedo en soledad, y los que han fallecido, se han tenido que marchar sin posibilidad de que sus familiares les podamos velar ni despedirnos de ellos.

Al parecer, la Fiscalía ya ha iniciado investigaciones sobre un número importante de Residencias de Ancianos, y eso me parece bien, que rindan cuentas aquellas personas que no hayan actuado bien, si es que ha sido así.

Pero creo que esta desgracia debería servir también para hacer una reflexión sobre la situación en la que teníamos y tenemos a nuestros mayores. En lo positivo, nos felicitamos por lo que hemos avanzado en las prestaciones y coberturas que les estamos dando, pero, también debemos reflexionar sobre lo que no estábamos haciendo.

¿Porqué nuestro sistema de residencias es inferior en un 20% a las recomendaciones de la OMS y porqué en 12 años solo hemos sido capaces de crear un 5% de nuevos centros residenciales.? La explicación que recibiremos seguramente sea que es porque no tenemos dinero, pero posiblemente nadie nos dirá que falta dinero porque lo destinamos pagar sueldos de inútiles, televisiones autonómicas deficitarias, subvenciones a los parroquianos fieles, a medios propagandísticos, a autonomías desleales y otros muchos dispendios de los que hoy se realizan.

Y, ¿porqué (una vez más) tenemos tan dispar distribución por Comunidades Autónomas?

En los últimos datos que he encontrado disponibles en el IMSERSO vemos, de nuevo, y lo mismo que sucede con la sanidad, la educación u otras competencias,  que dependiendo de la suerte o la mala suerte que tengamos de vivir en una Comunidad Autónoma u otra, el nivel de prestaciones que recibimos es mejor o peor.

En la actualidad, un alto porcentaje de la cobertura a los mayores a través de las residencias se consigue con oferta de plazas de titularidad privada, aun cuando el 29% de las plazas son gestionadas por medio del sistema de concertación entre el sector público y privado.

Teniendo en cuenta el mix, se podría decir que aproximadamente el 45% de las plazas residenciales están financiadas por el estado, lo cual parece un porcentaje exiguo para una sociedad que se le supone comprometida con el bienestar de sus mayores.

Creo que nuestros padres y abuelos merecen que les demos un reconocimiento que hasta ahora no les hemos dado en general. Y no va de aplausos, sino del compromiso personal de cada uno de notros hacia nuestros mayores, si es que no lo estamos haciendo. Verlos más, hablar más con ellos, decirles cuánto los queremos y pelear porque nuestros gobernantes detraigan de tanto gasto superfluo como tenemos y pongan más medios para mejorar su felicidad.

Creo también que tenemos que pedirles perdón por lo que no hemos hecho o por lo que hemos hecho mal.

Perdón por no ser alemanes, que fueron capaces de diseñar en 2012 (e incorporarlo a un plan nacional en 2017) un protocolo de actuación que en esta pandemia ha permitido que mueran muchos menos compatriotas que aquí, fijando como una de sus cuatro principales consignas “blindar a la población de más alto riesgo, que son ancianos y personas con enfermedades crónicas”. Lo sentimos mucho, aquí tenemos lo que tenemos y no hacen otra cosa más que improvisar, aunque, como en este caso, las consecuencias sea una mayor pérdida de vidas humanas.

Perdón por no ser franceses, en cuyo país, el Sr. Macron (a pesar de tener una situación parlamentaria sólida) y su primer ministro, consultan e intercambian puntos de vista con todas las fuerzas políticas nacionales, sindicales y empresariales, antes de tomar las decisiones que posteriormente son sometidas al debate parlamentario antes de ser aprobadas y presentadas oficialmente a la Nación. Aquí seguimos gobernando con la soberbia propia de dictadorzuelos aunque estemos viviendo una situación muy atípica y de extrema gravedad.

Perdón por no ser griegos, que a pesar de los recortes que tuvieron que hacer debido a su enorme crisis económica, tuvieron la diligencia de iniciar las primeras restricciones en febrero con la supresión del carnaval mientras que las cancelaciones de eventos en España solo se realizaron una vez que se dieron la satisfacción política de proclamar que en España “El machismo provocaba más muertes que el coronavirus” y dando lugar a un nivel de contagios que provocó la escalada tan brutal de muertes en los días posteriores.

Perdón por no ser portugueses, que declararon el estado de alarma cuando todavía no había ninguna muerte en su territorio, mientras que aquí, solo lo hicieron cuando los fallecidos empezaron a “suponer un problema”.

Perdón también por tener un ministro como Pedro Duque, que justifica que en España se produzcan más fallecidos que en otros países porque tenemos mayor longevidad de vida. Debe ser la falta de oxígeno que provoca vivir en la estratosfera.

Estoy seguro que ninguno de vosotros querría ser alemanes, portugueses, griegos o franceses. Somos y tenemos el orgullo de ser españoles, y eso no nos va a quitar nadie, pero tenemos la desgracia de tener unos gobernantes ineptos al timón de la nave que son incapaces de gobernar como diligentes padres de familia, como lo hubierais hecho vosotros, ni de reconocer las muchas cosas que os debemos y, ni mucho menos, por las muchas que tenemos por la que pediros perdón.

Confío en que este modesto escrito sirva como punta de lanza para ello. ¡¡Vivan nuestros mayores!!

José García Cortés

19 de abril 2020

2 comentarios sobre “CORONAVIRUS Y OTRAS MALDADES HUMANAS , UN RECUERDO PARA NUESTROS MAYORES

  1. Muy bueno Querido Pepe como todo lo que escribes, “esa cabecita” yo he tenido el privilegio de aprender de ti.
    Habría que añadir que nuestros mayores en la reciente crisis Inmobiliaria con los que con sus pequeñas pensiones y su buen administrar han ayudado a muchos hijos/nietos en la manutención, cuidados, primeras necesidades, queriéndoselo de sus bocas, para ellos ha sido un gran orgullo y responsabilidad ayudar a los suyos, si señor así ha sido.
    Un fuerte abrazo.

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