Y la historia se repite, ya vivimos la crisis energética de la segunda Guerra mundial, otra en 1973 (primer shock petrolero), otra en 1979 (segundo shock petrolero), otra más con la invasión de Kuwait por Irak en 1990-1991, otra crisis energética en 2008 como consecuencia del enorme crecimiento económico de China e India y aumento de la demanda global, otra más en 2014-2016 por una guerra de precios entre productores, también en 2020 como consecuencia del Covid 19, la penúltima en 2021-2022 como consecuencia de la guerra de Ucrania y ahora tenemos (presuntamente) la nueva como consecuencia de la guerra en Irán.
Está claro el “patrón”, ya que casi todas las crisis energéticas están relacionadas con conflictos geopolíticos, decisiones de grandes productores o cambios bruscos en la demanda global. Es decir, la energía siempre ha estado profundamente ligada a la geopolítica.
Y como quiera que Europa depende siempre de la energía exterior, la reflexión de hoy (que también se hacen muchos analistas estratégicos europeos), es preguntarme qué hemos hecho o estamos haciendo para que, una vez tras otra, sigamos teniendo tantos vaivenes económicos sin conseguir una cierta estabilidad en los costes de producción de nuestra economía cada vez que hay una crisis de petróleo.
El tema del suministro de petróleo (y del gas), puede tener diferentes enfoques, y en este sentido, veamos lo que sucede en una parte enorme del planeta tanto en población (casi el 50%) como en consumo energético y peso económico.
- Estados Unidos, a pesar de ser un enorme productor, decide crear su reserva estratégica después de la crisis petrolera de 1973 al comprender que dependía demasiado del petróleo extranjero y lo hace en enormes cavernas excavadas en depósitos de sal en la costa del Golfo de México. La utiliza no solo como seguridad física, sino también como herramienta de política energética. En todo caso, considera la seguridad energética como parte de la seguridad nacional.
- China considera la energía un asunto de seguridad nacional. Lleva más de 20 años construyendo grandes reservas estratégicas de petróleo almacenadas en enormes depósitos subterráneos, terminales costeras e, incluso, en cavernas excavadas en roca, y aprovecha como nadie periodos de precios bajos para comprar petróleo y llenar sus reservas. Además de las reservas, China ha invertido masivamente en producción energética en África, Oriente Medio, América Latina o Asia Central, siempre con la idea de diversificar las fuentes de suministro y reducir riesgos geopolíticos.
- Japón es uno de los casos más interesantes del mundo en política energética. Es un país extremadamente dependiente del exterior (90/95%) y, a partir de la crisis de 1973 adoptó una estrategia muy clara: no depender demasiado de ninguna fuente energética única, utilizando petróleo, gas natural, carbón y energía nuclear, con una apuesta fuerte en este tipo de energía. Esto reducía el riesgo de depender demasiado de un solo combustible.
Al igual que China, Japón también invierte en proyectos energéticos en todo el mundo, formando parte de una estrategia para asegurar suministros a largo plazo. Es probablemente uno de los países que más seriamente se toma la seguridad energética.
- India tiene tres características que condicionan toda su política energética, con sus más de 1.400 millones de personas, un crecimiento económico acelerado y una gran demanda futura de energía. Actualmente importa aproximadamente el 85 % del petróleo que utiliza y su estrategia energética es de pragmatismo absoluto, ya que utiliza todas las fuentes disponibles, carbón, petróleo, gas, renovables y nuclear. No apuesta por una sola tecnología. También ha empezado a construir reservas estratégicas de petróleo y también invierten en proyectos en el extranjero para asegurar suministro.
Todas estas potencias llevan tiempo respondiéndose al mismo problema (dependencia energética) con objeto de blindarse dentro del sistema energético actual.
Mientras tanto, Europa ha apostado durante décadas por el mercado (liberalización de mercados y competencia), no por la seguridad energética. Esto ha supuesto mercados eléctricos liberalizados, mercados de gas abiertos y precios determinados por el mercado, con la idea era que un mercado competitivo garantizaría eficiencia y suministro.
Para Europa, durante varias décadas, con un petróleo relativamente abundante y barato el problema de los suministros de crudo y gas le pareció un problema del pasado, creándose una sensación de que el mercado global funcionaba y que los riesgos geopolíticos estaban contenidos., por lo que invertir enormes recursos en reservas o infraestructuras redundantes parecía innecesario o demasiado caro.
Por otro lado, Europa decidió convertirse en el líder mundial de la lucha contra el cambio climático, con políticas muy ambiciosas de reducción de emisiones, electrificación y desarrollo de renovables. Todo ello al tiempo que creyó que podía depender de ciertos proveedores relativamente estables (Rusia, Argelia, Oriente medio…). Las situaciones actuales demuestran que esa suposición era demasiado optimista.
Y el problema es que esto que estamos comentando ahora sobre la energía, sucede en otros ámbitos tecnológicos e industriales como la IA, la producción de microchips y tantos otros en los que nos hemos quedado atrás. No sé, pero me viene a la imagen la época de los hippies de los años 60/70 con una flor en el pelo, diciendo paz y amor, mientras trabajamos en la fábrica para que los tapones de plástico no se desprendan de la botella.
Pero volviendo al tema específico de la energía, creo que en el fondo que no está mal la estrategia de reducir su dependencia de los combustibles fósiles mediante energías renovables, electrificación o eficiencia energética, ya que, por lógica, si se reduce el consumo de petróleo y gas, también se reduce la vulnerabilidad geopolítica.
¿Dónde está el problema? En que (seguramente influidos en parte por cuestiones ideológicas), se pretende una transición demasiado rápida, con infraestructuras de respaldo insuficientes y una dependencia de tecnologías aún inmaduras.
Las políticas climáticas que pretendemos llevar a cabo coinciden con el cierre de centrales nucleares en algunos países, reducción de inversiones en combustibles fósiles y dependencia creciente de importaciones. Ahí tenemos el caso de Alemania.
Europa intenta equilibrar tres objetivos que a veces chocan entre sí: energía asequible, seguridad de suministro y reducción de emisiones. Esto se llama en política energética el trilema energético, que está muy bien, pero que ningún país ha conseguido resolverlo todavía, pero parece que queremos ser los más listos de la clase.
Históricamente, el buenismo europeo ha tendido a confiar mucho en la regulación, los mercados y la cooperación internacional, mientras que otras potencias, que deben estar un poco locas, utilizan más política industrial, intervención estatal y planificación estratégica a largo plazo.
Mientras tanto, tendremos que seguir sufriendo las subidas inevitables del carburante, porque, contrariamente a lo que nos imaginamos, el precio no se fija por el coste histórico del petróleo a pesar de que las refinerías compran petróleo en distintos momentos del año.
El precio al que se venden gasolina y gasóleo no se calcula normalmente con el coste medio de ese petróleo ya comprado, se utiliza algo más parecido a un precio de reposición referenciados sobre todo al mercado internacional de productos refinados, especialmente el mercado de Rotterdam (ARA: Ámsterdam-Rotterdam-Amberes). Además, las refinerías y operadores no suelen mantener reservas comerciales enormes, muchos inventarios cubren solo unas semanas.
Es evidente que hoy por hoy, el problema real de las renovables es el almacenamiento, la intermitencia y la variabilidad. El viento no sopla siempre, el sol no brilla por la noche, por eso el sistema eléctrico necesita energías gestionables o de respaldo como los ciclos combinados de gas, la hidráulica o la nuclear. Se nos intenta vender el futuro del hidrógeno, que, aunque prometedor, todavía es caro, ineficiente y está todavía muy lejos.
En definitiva, aún no existe una solución barata y masiva para almacenar electricidad durante largos periodos. Y, encima, como es el caso de España, estamos empeñados en cerrar centrales nucleares que están perfectamente operativas y aportan estabilidad al sistema hasta que las renovables aporten lo que se supone que en el futuro pueden hacer, lo cual llevará todavía décadas, me temo.
No deja de ser curioso que, en Europa, y concretamente en España tengamos una potente red eléctrica, una alta capacidad de gasificación, mucha energía renovable, importantes y modernas refinerías y no seamos capaces de armonizar con Europa los mecanismos necesarios para garantizar nuestra seguridad energética. Claro que, para eso serían necesaria importantes inversiones y decisión política clara. Obviamente, no se tiene en cuenta que los daños económicos que sufrimos en cada una de estas crisis pueden ser mayores que el coste de mantener infraestructuras de seguridad.
Pues nada, seguiremos padeciendo la miopía y burocracia europea y, en casa, la de nuestro querido y nunca bien ponderado presidente, que cierra centrales nucleares, sigue aumentando las arcas (para dilapidarlo después) con los ricos impuestos en el carburante (45-55 % del precio son impuestos) y le toca los “witows” a Argelia (nuestro estratégico suministrador de gas) en contra de lo que muchos expertos consideran que para España lo ideal es mantener una política exterior lo más equilibrada posible en el norte de África, precisamente por su importancia energética y geopolítica.
Esta es una de las grandes paradojas de la política energética europea. Muchos analistas llevan años diciendo que España tiene condiciones excepcionales para ser la “puerta energética de Europa”, pero esa posición nunca se ha desarrollado plenamente. Las razones son principalmente geográficas, políticas, económicas y regulatorias.
Ahora mismo me pondría una flor en el pelo, pero me acabo de dar cuenta de que no lo tengo. Tendré que conformarme con unos pantalones y camisas floreadas y fumarme un porro mientras canto la canción “San Francisco” de Scott McKenzie y preparo una pancarta en contra de la guerra de Vietnam. Anda leches, igual que con mi pelo, me acabo de dar cuenta que tampoco existe ya.
Haz el amor y no la guerra.
José García Cortés
14-3-26