IRÁN Y, OTRA VEZ, EL NUEVO ORDEN INTERNACIONAL

Primera parte

Irán es un país rico, con unos recursos energéticos enormes, una población educada y una ubicación geoestratégica privilegiada en el que podrían vivir estupendamente si no fuera por un régimen revolucionario que antepone el control político interno y su legitimidad ideológica al bienestar económico y social de su población.

Para un régimen así, la prosperidad económica es útil, pero siempre que no ponga en riesgo su control sobre la población y sus aspiraciones ideológicas. Su racionalidad es la supervivencia del régimen, y para ello necesita el conflicto externo.

Mantiene, durante años, una red de aliados/“eje” y apoyo a actores armados regionales (Hizbulá, Hamás, milicias en Irak/Siria, Hutíes, etc.). Y, además, hay abundante evidencia de que el diseño y/o suministro iraní ha sido un componente clave en los ataques rusos con drones a Ucrania, más, la mayor amenaza de todas, su programa nuclear, que es, a mi juicio, el eje central en la escalada actual y en las líneas rojas declaradas hace mucho tiempo por la comunidad internacional.

Ahora mismo existe un clima de preparación y escenarios en los que se barajan opciones de ataque que podrían incluir objetivos muy concretos (incluso liderazgo), y sobre el que Trump ha hablado de plazos de decisión cercanos.

Seguramente que, si sucede, volveremos a escuchar aquello de que se está violando impunemente el orden internacional, incluso si solo son ataques “limitados”, porque conllevarán riesgo de víctimas civiles y volverán a plantearse debates serios de legalidad internacional. Incluso puede que alguien se plantee montar una flotilla de protesta por los “derechos del régimen revolucionario” que mata a las mujeres por llevar inadecuadamente el velo.

Es posible que, si se produce, en un escenario optimista, se podría producir una disminución real de capacidades iraníes (misiles, drones, logística hacia proxis) y también reducir la intensidad de ataques por parte de sus proxis durante un tiempo, pero si el golpe fuese muy “quirúrgico” y acompañado de una vía diplomática creíble, es posible que se pueda forzar un acuerdo sobre límites verificables. Ojalá.

Pero, lo más que probable es que Irán responda directa o indirectamente (milicias, ataques en el Golfo/Mar Rojo, ciberataques, etc.) y que ello debilite aún más a la oposición civil reflejando esa ambivalencia social de miedo, trauma, y a la vez deseos de cambio, pero sin control sobre la dinámica bélica. Y, además, es posible que se produzca una escalada en el crudo del Golfo puede disparar precios y afectar a Europa (inflación, crecimiento) y más dependencia de actores como Rusia y China.

Es cierto que no hay guerras limpias y, en la mayoría de los casos, suelen dejar más resentimiento, más milicias, más trauma y, a veces, un régimen más duro, pero es innegable que Irán está contribuyendo a generar permanentemente violencia real, tanto en su propio país como con el patrocinio a milicias armadas y, además, choques directos con aliados occidentales. La pregunta que me hago es ¿cómo negocias con alguien así?, con un país que solo actúa solo por ideología y cálculo estratégico.

No sé hasta qué punto se puede distinguir, cuando hablamos de Irán, entre narrativa y estrategia, porque el régimen iraní usa la hostilidad como pegamento ideológico interno, pero sabe que una guerra total contra EE. UU. sería suicida. El antiamericanismo funciona como herramienta de legitimación interna, pero dudo que eso signifique que quieran una guerra existencial.

Realmente esto me produce un conflicto moral, porque por un lado rechazo la guerra, pero también la impunidad de un régimen represivo y desestabilizador. La pregunta devastadora es ¿Qué reduce más el sufrimiento total a medio y largo plazo?, porque no veo garantías en ninguna dirección. A veces, la diplomacia no cambia el corazón del régimen, solo reduce el número de muertos, pero no el sufrimiento de muchos miles de personas a largo plazo.

Además, los ejemplos que nos proporciona la historia demuestran que en muchas ocasiones un mal acuerdo, o intentos prolongados de acuerdo, permiten que la otra parte gane tiempo para fortalecerse militarmente y este régimen ha demostrado ya que es capaz de mantener tensión suficiente para sostener legitimidad ideológica, aunque hasta ahora esté evitando cruzar el umbral que provoque una guerra existencial.

¿Es posible un acuerdo duradero con un régimen cuya identidad solo incluye el conflicto?, y parece que la respuesta honesta es que un acuerdo transformador profundo es improbable mientras la estructura del régimen no cambie.

Aunque hay diferencias históricas importantes, esta situación me recuerda la época de Hitler, y aunque entonces Alemania era una potencia industrial y tenía un claro proyecto expansionista, (Irán es una potencia regional, no global), con el que la diplomacia fracasó y el tiempo que perdieron los aliados en intentarlo no hizo otra cosa que darle más tiempo al dictador para el rearme.

Y el problema que yo veo, a pesar de las diferencias históricas, es que los “tiempos han cambiado” y hoy no hace falta ser una superpotencia industrial para causar daños estratégicos. Con drones baratos, misiles, ciberataques y una red de proxis, un actor regional puede imponer costes enormes a una parte importante del mundo. En eso, Irán encaja muy bien en lo que se llama guerra en zona gris (daño sostenido sin cruzar del todo el umbral de guerra total).

Este país lleva años con presión internacional, con sanciones y amenazas, y, aun así, Irán sigue teniendo capacidad de desestabilización, con un expediente nuclear que ha vuelto a empeorar.

Es cierto que antaño hubo un pequeño parón y una aparente mejoría, pero el freno se debilitó y la visibilidad internacional empeoró. Pero hasta ahora nada ha sido suficiente para producir un cambio estable de conducta porque el régimen parece anteponer la confrontación a la prosperidad.

También es verdad que, basados en el comportamiento pasado, esta gente no son suicidas, no buscan guerra total, pero sí están dispuestos a asumir riesgos elevados para mantener influencia y disuasión. Eso los hace peligrosos, pero no irracionales, y esa es la única esperanza.

Me acuerdo mucho del último libro de mi amigo Gonzalo Terreros sobre África y su tablero de ajedrez. No sé si en esta ocasión juegan blancas, pero mucho me temo que la cerrazón iraní y los intereses de Israel/EE.UU. respecto al tema nuclear (cosa que entiendo porque querrán desmantelar, o acercarse mucho a “cero”) sean el disparador definitivo para intentar que desparezca ese especial riesgo, y para ello estén dispuestos a aceptar, como parte del problema, las reacciones de los proxis y sus misiles y, en su caso, romper coaliciones con los países árabes y europeos que temen la escalada.

Es frustrante pensar que, si pueden ser prósperos y en paz, ¿por qué eligen otra cosa?

Y, en todo caso, toda esta situación me lleva a preguntarme de nuevo sobre qué demonios es el puñetero “orden Internacional”. No sé, esa reflexión queda para otro día.

José García Cortés

       23-2-26

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