EL RUFIANISMO

No sé por qué extraña razón me ha dado por investigar un poco sobre la palabra Rufián, cuyo término es una palabra antigua del español que tiene un sentido despectivo y que, tradicionalmente, se utilizaba para describir a una persona de mala conducta o comportamiento reprochable.

Según la RAE, es una persona sin honor, perversa, despreciable, aunque también puede ser un hombre dedicado al tráfico de la prostitución, es decir, un proxeneta, chulo, macarra, gancho, lenón… Todas las fuentes consultadas apuntan a que un rufián es, en todo caso, una persona vil, sin escrúpulos, que actúa con engaño, abuso o mala intención.

Los rasgos que suelen asociarse al término cuando alguien usa “rufián” para describir a otra persona normalmente quiere señalar que presenta algunas de estas características: Falta de honestidad, conducta oportunista, uso del engaño o la manipulación, actitud abusiva hacia otros, desprecio por normas morales o sociales o cinismo.

Obviamente es una palabra valorativa y ofensiva si se aplica a alguien concreto, por esa razón no voy a pensar en ningún político en concreto que se pueda apellidar así, ni tampoco a aquellos que puedan haber estado beneficiándose de saunas donde se practicaba la prostitución. Es más, a ningún político en concreto. No, porque no es un término técnico ni psicológico, sino una expresión coloquial o literaria.

En la literatura clásica española (picaresca, teatro barroco), el “rufián” aparece como figura caricaturesca: un personaje fanfarrón, sin demasiada ética, pero a veces tratado con tono satírico o humorístico.

No está muy clara la etimología de la palabra rufián, puede venir del italiano, donde significa: chulo, padrote, cafiche, o sea, «protector de prostitutas», aunque hay otra versión que dice que el italiano lo tomó del latín rufus (pelirrojo) por alusión a los cascos de los soldados romanos adornados con crestas rojas.

Con el tiempo, en castellano fue ampliando su significado hasta convertirse en un término general para referirse a alguien vil, sin escrúpulos o de mala reputación y ya en el Siglo de Oro español aparece con ese sentido peyorativo amplio.

Para Cervantes, Lope de Vega, Quevedo…, el rufián es casi un personaje tipo, de moral dudosa, a veces cómico o grotesco, pendenciero y un fanfarrón que vive al margen, o bordeando la ley.

Parece que el término rufián, es más agresivo o turbio y que tiene un matiz de vileza moral superior al de pícaro, que es más astuto, que engaña, pero con cierta simpatía y es más bien oportunista. Y también encuentro que el término de rufián es más fuerte que el de sinvergüenza, que es una persona sin pudor moral, que no siente culpa y puede ser más descarado que peligroso.

No, no es verdad, estoy diciendo que no pienso en ningún político en concreto, pero sí, sí que lo hago. Debo tener el filtro sucio, pero cuando veo los personajes que tenemos en el Parlamento, veo muchos rufianes, pícaros, bravucones y sinvergüenzas. Gente sin fondo cultural, que esquivan permanentemente las preguntas, que reformulan derrotas como “victorias morales”, que usan el lenguaje con habilidad sin decir nada, que encuentran resquicios normativos, que no sienten coste reputacional, cambian su discurso sin pudor y normalizan contradicciones evidentes. Eso es lo que veo en muchos casos.

Creo que tenemos un problema muy grande cuando la astucia ha sustituido a la responsabilidad, donde la vergüenza social no existe, donde el relato ha sustituido a la gestión y la crítica ha perdido toda su eficacia porque se ha convertido en un teatro permanente.

Me encantaría ver cuando miro al Parlamento menos rufianismo y más responsabilidad, previsibilidad y más liderazgo honesto, con independencia de su ideología, porque un país no puede organizarse como una novela picaresca.

El rufianismo no puede seguir siendo el pegamento del sistema, porque no es sano que la supervivencia dependa del que mejor surfea la norma, sino de gestión profesional, porque las naciones no se sostienen sobre ocurrencias, sino sobre reglas bien diseñadas.

Me entran ganas de escribir un nuevo Lazarillo de Tormes, en el que el ciego sea la constitución (que tiene artículos, principios, equilibrios…y solo necesita guía), los políticos sean los lazarillos (cada uno quiere encaminar al ciego hacia la dirección que a ellos les interesa) y un final feliz en el que un pueblo que termina pensando que quizás el ciego no sea tan ciego…, que no necesitamos tanto lazarillo si aprendemos a caminar sin empujarlo.

Bueno, quizás otro día.

José García Cortés

       17-2-26

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