LAS DERECHAS

¿historia de un egoísmo?

Comienzo por decir que “la música” de muchas de las cosas que propugna VOX me suena francamente bien, pero hay cosas en la estrategia de su dirigente que no entiendo demasiado bien y hasta me parecen incoherentes.

Vemos como VOX crece o se mantiene en votos y por tanto la derecha, sumada, puede gobernar en muchos sitios, pero VOX no consolida su presencia en gobiernos autonómicos (o locales), rompe pactos y parece priorizar el discurso frente a la gestión.  ¿quieren realmente gobernar o prefieren ser otra cosa?

Desde un punto de vista estratégico, VOX parece comportarse más como competidor interno del bloque de derechas que como socio estable, por lo que su lógica no parece ser “Derrotemos a la izquierda juntos”, sino más bien “Reordenemos la derecha y disputemos la hegemonía al PP”

La lectura fría de la estrategia de VOX parece que es maximizar identidad, no la gobernabilidad. Parece priorizar ideológica dura, confrontación clara y eludiendo la “contaminación” por la gestión cotidiana. Ellos saben que para un partido que crece desde la impugnación, la gestión es un riesgo.

Hoy por hoy, VOX obtiene más rédito electoral señalando contradicciones del PP o denunciando “cesiones”, porque saben que pactar y gobernar implicaría diluir su perfil, normalizarse, convertirse en un socio menor del Partido Popular y aceptar que el liderazgo del bloque no es suyo.

El riesgo de esta estrategia es que esta apuesta tiene aristas evidentes ya que fragmenta el bloque de la derecha y dificulta gobiernos estables, lo que puede acabar facilitando gobiernos de izquierdas por falta de acuerdos y genera frustración en votantes que sí quieren alternancia y gestión.  ¿Hasta cuándo es válida la estrategia de VOX?

Quizás parte de la respuesta a su estrategia actual la encuentro en la biografía de Abascal, que no fue un dirigente nacional de primera fila, pero sí tuvo cargos relevantes dentro del ecosistema del PP, sobre todo en el País Vasco (ala más ideológicamente dura del PP vasco) y en el ámbito institucional como director de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad de Madrid con Esperanza Aguirre.

El punto de inflexión en la carrera de Abascal en el PP fue el cambio de ciclo en el partido cuando Mariano Rajoy consolida su liderazgo nacional y con la salida de Aguirre en Madrid pierde su principal valedora interna y es cesado en su cargo. A partir de ahí queda sin cargo institucional, sin proyección interna dentro del PP y sin espacio político en el nuevo PP de Rajoy, que renunció a una ideología fuerte y apostó por un perfil pragmático, tecnocrático y centrado en la gestión.

Es entonces cuando Abascal y otros dirigentes fundaron VOX al perder espacio en el PP y no ver posibilidad de regresar a posiciones de influencia y puede que esto explique mucho de su comportamiento actual, de desconfianza hacia el PP, de una necesidad constante de diferenciarse y, sobre todo, el rechazo a quedar subordinado.

Y, con esto, no quiero invalidar su proyecto, pero pienso que ayuda mucho a entender por qué VOX actúa como actúa, no solo contra la izquierda, sino contra el PP del que procede.

En Europa encontramos un patrón común en otros líderes que rompieron con el partido “madre” (Giorgia Meloni, Marine Le Pen, Geert Wilders -Países Bajos-, Nigel Farage -Reino Unido-…) que proceden de partidos conservadores tradicionales, y que quedaron desplazados por un giro al centro y rompieron para crear un proyecto propio, manteniendo una relación ambigua, al combatir, igual que Abascal, a la izquierda y al partido del que proceden.

Cuando un líder nace políticamente de una ruptura, su prioridad suele ser demostrar que tenía razón al romper, incluso si eso retrasa (o impide) el acceso al poder. Y en ese sentido VOX hoy se parece más a Le Pen o Wilders que a Meloni, caso de éxito que, a diferencia de Abascal, sí entendió que sin gobernar no hay hegemonía y ello lo consiguió aceptando alianzas y moderando el discurso sin renunciar a símbolos.

El dilema personal y político de Abascal es que no es solo el líder de un partido, es el producto de una ruptura. Y eso le condiciona, porque sabe que gobernar con el PP implica aceptar un rol secundario y validar al partido que “le expulsó” del poder.

Estoy seguro de que él es consciente del coste de fragmentar, pero lo asume, porque su identidad política se alimenta del antagonismo (igual que Sánchez) y esto choca profundamente (y me desconcierta) con su mensaje de partido que se define como profundamente españolista, pues debería priorizar la gobernabilidad del país, incluso si eso implica pactar y ceder.

La estrategia actual de VOX solo se sostiene si su objetivo principal no es gobernar España hoy sino redefinir la derecha para mañana. El problema es que no hay garantía de que ese mañana llegue y mientras tanto la izquierda gobierna. ¿Es más patriótico tener razón… o gobernar bien?

Por otro lado, no hay que olvidar las dinámicas internas en Vox en los últimos años y me refiero a la salida de dirigentes importantes, muchas veces por discrepancias internas con la dirección de Santiago Abascal o por decisiones organizativas que algunos críticos interpretan como una concentración del poder bajo el liderazgo de Abascal.

Macarena Olona, Iván Espinosa de los Monteros, Javier Ortega-Smith, Juan García-Gallardo,  Juan Luis Steegmann, disidencia parlamentaria en Baleares, casos de cargos locales y expulsiones recientes… La línea recurrente en estas salidas y distanciamientos son las discrepancias internas con la dirección y concentración de poder. El partido ha ido evolucionando de una pluralidad inicial a una centralización, premio a la lealtad, salida o marginación de perfiles autónomos y prioridad absoluta al discurso sobre la gestión. No parece que sea una suma de casualidades, más bien se parece a la estrategia “Sanchista” de eliminar a todo discrepante.

Para mí, la paradoja es clara, VOX se define como profundamente españolista, afirma que PSOE está gobernando mal España, reconoce implícitamente que nunca superará electoralmente al Partido Popular en el corto o medio plazo (en las últimas elecciones generales el PP prácticamente triplicó en votos a VOX) y aun así adopta una estrategia que fragmenta el voto del bloque de derechas, facilitando (al menos aritméticamente) la continuidad de la izquierda en el poder o dificultando la gestión del PP.

Visto así, creo que la pregunta es legítima: ¿hasta dónde quiere llegar VOX?, porque no es que VOX “no sea capaz de verlo”. Es que ha decidido priorizar otra cosa: identidad sobre poder, discurso sobre gestión y presión sobre responsabilidad.

Hoy escucho en muchos medios que el PP no sabe cómo gestionar a VOX, pero yo me pregunto: ¿Cómo se trata a un partido que elude la gestión, pero es imprescindible para sumar? No veo una solución sencilla cuando el socio potencial no quiere jugar el mismo juego, está actuando hoy como un partido de presión ideológica, con lógica de oposición y poco dispuesto a asumir los costes cotidianos de gobernar.

Pero al final el ciudadano es el que manda, y hoy por hoy, una parte relevante del votante de VOX apuesta por la ideología, no la gestión. Y eso no es exclusivo del partido de Abascal (también en el PSOE), pero en VOX es especialmente visible. Seguramente el votante cree que “todos gestionan mal”, perciben la administración como irreformable y prefieren un voto “testimonial” o “moral”. No sé, seguramente quieren expresar enfado, o reafirmar una identidad, pero lo cierto es que hoy, en España, la salida de gobiernos no se castiga electoralmente.

Pienso que el PP está dispuesto a ser algo más práctico y, por tanto, más “flexible” en algunos planteamientos que le propone parte de la derecha, pero también que VOX debe decidir si quiere ser la conciencia ideológica de la derecha o uno de los responsables de su gobernabilidad, porque en política no basta con tener razón: hay que ser capaz de convertirla en gobierno.

Reconozco que este político me está defraudando. Ya lo siento.

José García Cortés

      10-2-26

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