La política no es solo el arte de gobernar, sino también el espejo donde una sociedad se mira a sí misma. Y como todo espejo, refleja no solo la imagen que se quiere proyectar, sino también las sombras que a veces se intentan ocultar. En este contexto, es necesario reflexionar sobre los cuatro pilares que deberían sostener la vida pública: la ética, la estética, la responsabilidad penal y la responsabilidad política.
Ética: lo correcto, aunque nadie mire
La ética no es una ley escrita, pero actúa como su brújula. No todo lo que es legal es necesariamente ético. Gobernar desde la ética implica actuar con integridad, transparencia y vocación de servicio. Significa anteponer el interés general al personal o partidista.
El reciente caso del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, procesado en octubre de 2024 por el Tribunal Supremo por un presunto delito de revelación de secretos ha abierto un debate: ¿cómo puede ejercer la máxima autoridad judicial quien está siendo investigado penalmente?
Pero la polémica no termina ahí. A ello se suma la investigación judicial al hermano del presidente, y apertura de juicio oral, David Sánchez, por presunto cobro de fondos públicos por trabajos supuestamente ficticios como asesor cultural en la Diputación de Badajoz. Pendiente de resolución judicial, la falta de transparencia y las resistencias a ofrecer explicaciones afectan directamente a la ética política.
Estética: lo que parece, importa
En política, las formas también son fondo. La estética política no es solo apariencia: es la percepción que la ciudadanía tiene de sus representantes. Cuando se traspasan ciertos límites —aunque no se infrinja ninguna ley—, se erosiona la confianza pública.
Un ejemplo paradigmático fue la negativa inicial de Pedro Sánchez a exigir responsabilidades al exministro José Luis Ábalos, implicado por su estrecha relación con su exasesor Koldo García, investigado en la trama de corrupción vinculada a contratos públicos de mascarillas durante la pandemia. La tardanza en su expulsión del Grupo Socialista, que solo se produjo tras una fuerte presión mediática y política, generó un daño reputacional significativo.
También ha sido objeto de críticas el papel de Santos Cerdán, secretario de Organización del PSOE, por sus viajes a Suiza para reunirse con el equipo de Carles Puigdemont en el marco de las negociaciones con Junts, sin que estas misiones se hayan comunicado con claridad al Congreso ni a la ciudadanía. La opacidad en cuestiones tan delicadas crea una estética de confusión y desconfianza.
Responsabilidad penal: cuando la ley se impone
La responsabilidad penal marca el paso de lo reprobable a lo punible. En democracia, nadie está por encima de la ley. Sin embargo, los procesos judiciales suelen ser largos y garantistas, mientras que la exigencia ética o política debe ser inmediata.
Hoy en día, ninguno de los mencionados ha sido condenado en firme. Pero la existencia de imputaciones, investigaciones judiciales o informes policiales, aunque no concluyentes, debería hacer reflexionar a los partidos políticos sobre los límites de la tolerancia institucional. Porque, a menudo, se espera más del cargo público que una simple absolución legal.
Responsabilidad política: actuar por dignidad, no por obligación
La responsabilidad política no necesita jueces ni fiscales, solo sentido del deber. Se ejerce cuando un cargo dimite por errores propios o de su entorno, por pérdida de confianza o por respeto a la institución que representa.
En el caso de Ábalos, el retraso en asumir consecuencias políticas provocó una fractura con parte de la opinión pública y con miembros del propio PSOE. En el de David Sánchez, el silencio institucional ha sustituido a las explicaciones. Y en el del fiscal general, se sigue manteniendo el cargo pese a estar procesado.
La ausencia de responsabilidad política debilita la democracia, porque transmite la idea de impunidad. Dimitir no es una derrota; es una forma de protección del sistema.
Menos mal que Sánchez anunció la creación de una Agencia Independiente de Integridad Pública como órgano central para prevención, supervisión y persecución de la corrupción, eso me deja mucho más tranquilo.
Pero como en otros tantos anuncios, dicha agencia no consta que esté constituida, como tantas otras cosas en este NO Gobierno chapucero, que según fuentes del propio Grupo Socialista, informó que hasta el 27 de junio de 2025 habían 36 leyes aprobadas y publicadas en el BOE, más otras 4 que seguían su trámite en el Senado, pero que todavía hay 42 iniciativas legislativas en distintas fases de tramitación pendientes y 65 leyes bloqueadas en el Congreso por falta de apoyos o porque fueron impulsadas por el Senado. Así nos va.
Sin ética ni estética, la política se vuelve cinismo. La política necesita más que mayorías parlamentarias. Necesita credibilidad, legitimidad y coherencia. Cuando se ignora la ética, se desprecia la estética y se relativiza la responsabilidad política, se abre la puerta a una desafección ciudadana que es caldo de cultivo para el populismo.
Como ciudadanos, debemos exigir no solo que se cumpla la ley, sino que se respete el sentido moral del cargo público. La regeneración democrática no vendrá solo de nuevas leyes, sino de nuevos hábitos. Porque la política, como la confianza, se construye a diario. Y también se puede perder en un instante.
José García Cortés
27-9-2025